Cyrano de Bergerac


cyrano de bergerac
por Igor Yglesias-Palomar.


La historia comienza en el Madrid del año 1990. Tenía entonces quince primaveras, y me encontraba cursando tercero de bachillerato en el chamberilero Instituto Fortuny, sito en la calle homónima. En aquel momento estaba plenamente inmerso en mi adolescencia, que no fue nada fácil -como la de cualquier hijo de vecino-. Yo era un chaval con cierto sobrepeso, lo que se dice una esferilla, vamos, y me encontraba sumamente acomplejado. Y no sin razón. La infancia y primera adolescencia habían sido un infierno, pues no era lo que se dice muy popular. Ya sabemos lo cabroncetes que son los chavales, especialmente con alguien que, desde niño, estaba mucho más interesado en sus libros y sus dibujos que en los partidos de fútbol que se jugaban en el patio. Fui un enano calmado, nada travieso ni buscabroncas, aunque a menudo éstas llegaban solas a mí. Era feliz en mi mundo interior, leyendo y dibujando sin parar, interesado en cosas muy poco propias de los niños. Me gustaba la poesía, la parapsicología -sí, sí-, la música clásica... Me sabía los instrumentos de tortura de la inquisición, me había leído la divina comedia con diez años... un tarado completo, en resumidas cuentas. Venía de un entorno familiar peculiar y eso se había mezclado con mis propias particularidades. En fin, que ahí estaba yo, enamorado como el colegial que era de una compañera de clase, de nombre M... (un nombre que se ha repetido, curiosamente, en algunos de los momentos fundamentales de mi existencia), sufriendo sus silencios e indiferencia, escribiéndole poemas encendidísimos que no llevaban a ningún lado... Vamos, poco más o menos que lo que me sigue pasando veintitantos años más tarde. Es increíble ver lo poco que cambian las cosas...

Una tarde de primavera mi progenitor, con quien mantenía una tensa relación, me invitó a ir al cine con él. Lo cierto es que recuerdo muchas de mis primeras películas estando en el cine con mi padre. En aquella ocasión me quiso llevar porque se imaginaba que me gustaría esa película, siendo él, como era, un gran fan de la obra de teatro -la cual era capaz de leer en francés-. Recuerdo que fuimos al cine Amaya, muy cerca de nuestra casa, sala donde también vi otras muchas películas que me impactaron como Fantasía, El Oso, El Nombre de la Rosa... Obviamente la película era, como todos sabéis perfectamente, Cyrano de Bergerac, de Jean-Paul Rappenau.
 
Dos horas más tarde, cuando la proyección terminó, yo supe que había comenzado una de las relaciones de amor más intensas y duraderas de mi vida. Cyrano penetró en mi mente de adolescente con un mandoble de su espada y ahí se quedó para siempre. Por aquellos entonces, muchos de mis amigos estaban locos con el libro de El señor de los Anillos, con su mundo de elfos y hobbits. Yo lo estaba con Edmundo Dantés, con D'Artagnan, con Ahab, con el capitán Marryat, con Hawkeye, Frollo y Quasimodo... y desde ese preciso momento, con Cyrano. Ver ese personaje, con el que mi joven mente se sentía tan profundamente identificado en cuanto a sus problemas emocionales se refería, y al que envidiaba tanto en lo que a sus capacidades físicas le permitían, era demasiado. Dos horas de profundas emociones, de admiración -literalmente a boca abierta- de la belleza de sus textos, de embelesamiento con la historia y con la música... que acabaron en el hecho de que he visto tantas veces esa película en mi vida, que hace muchos años que no soy capaz de recordar cuántas -sin duda alguna, varias decenas de visionados-, y que nunca tengo problema en repetir. Y sin embargo, aún no sabía que el clímax de mi nuevo romance no llegaría hasta que conseguí leer el libreto de la obra. ¡Ah...! ¡Aquél momento en el que puse en mis manos aquel libro, conseguido en la biblioteca de al lado de mi casa...!

Si la película me había embelesado, con el libro me extasié. La belleza de aquellos versos -esta vez sí, leídos y releídos a placer-, era inenarrable. Al contrario que en la película, aquí no quedaban cabos sueltos. Todo cuadraba perfectamente, y era de una hermosura sin parangón. No sólo hablábamos de una traducción exquisita, sino ¡además versificada! Una tarea complicadísima a la que me acerqué una década más tarde, cuando escribí una noche aquel poema a Butterfly. Pero por encima de todo estaba el personaje... ¡qué grande es Cyrano! ¡Qué héroe admirable era a mis jóvenes ojos! ¡Esa invencibilidad en todos los terrenos! Yo antes de ver la película apenas sabía que el nombre era el de un espadachín con la nariz muy grande, pero, sobre todo, pensaba que era un personaje literario. Pronto me llevé la gran sorpresa de comprobar que había existido realmente.

Cyrano de Bergerac


 La de gilipolleces que se hacen por amor...

Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac fue un personaje real. Un personaje extraordinariamente curioso, que vivió en el S.XVII en Francia, y sobre el que está basado el protagonista de la obra de Edmond Rostand. Poeta, dramaturgo, libre-pensador -fue considerado libertino, por su relajada e irrespetuosa concepción sobre las instituciones religiosas y seculares-, militar, científico, escritor... y está considerado el padre de la ciencia-ficción. Fue soldado arriesgado y duelista, una herida en el sitio de Arrás le hizo abandonar la carrera militar, dedicándose a labores más intelectuales hasta que finalmente murió a los 36 años por las heridas causadas por una viga que se le desplomó en la cabeza. Y, por supuesto, su rostro se hallaba dotado de un descomunal apéndice nasal. Todo esto nos suena bastante a los que, como mínimo, hemos visto alguna de las películas sobre él. Y sin embargo, por muy fascinante que pueda parecer la vida de este caballero, no es ni una pálida sombra del personaje que en torno a él desarrolló el magnífico Rostand. Ni Savinien fue tan noble, ni tan abnegado, ni poseía el talento del que le dotó el autor de la obra. Vamos, que ni siquiera nació en Bergerac sino en París, y, por tanto, nunca fue gascón. Por lo que se ve, sí fue igual de picajoso con las bromas que pudieran proferirse sobre su nariz, y vivía a duelo diario. Se cuenta que incluso retó en duelo -y mató-, al mono de un titiritero que le parecía le hacía burla nasal (sería un narigudo de Borneo, digo yo), para estupefacción de sus conciudadanos. Parece ser que sí que había que tener cuidado con las referencias a tan grotesco remache. Se dice también que era ingenioso -aunque no de un modo tan desbordante- homosexual, y que de no haberle matado la viga, lo habría hecho la sífilis que padecía desde mucho tiempo atrás. Interesante y peculiar, como digo, pero no a la altura del mito, como le elevó dos siglos y medio más tarde el autor de nuestra obra.


Edmond Rostand fue un dramaturgo neorromántico francés, nacido en Marsella en el año 1868 y que falleció en París en 1918, a causa de la injustamente llamada Gripe Española (debido a que en el fervor del apogeo militar de la 1ª Guerra Mundial, ningún país implicado quería publicar noticias sobre la plaga que estaba asolando Europa por miedo a enardecer a los adversarios; salvo el caso de España, que era neutral y que no mereció el título que se le puso a la enfermedad simplemente por ser el único sitio donde se hablaba de ella). Vivió el francés, entonces, inmerso en lo que se ha venido llamando La Paz Armada -equivalente prematuro de la guerra fría del s. XX-, época en la que las potencias europeas, en una tensa calma, fueron desarrollándose armamentísticamente y acumulando material hasta los dientes, para finalmente darle rienda suelta a todo en esa orgía de amor y colegueo que debió de ser la primera guerra mundial. Cuando nuestro escritor era tan sólo un tierno infante, Bismarck le había dado repetidamente en los hocicos (ver guerra franco-prusiana y batallas de Sedán y Metz) al mismísmo sobrino del corso cabrón, o Napoleón III, como también se le conocía. Francia perdió los estratégicos y ricos territorios de Alsacia y Lorena, tuvo que reconocer en Versalles el nacimiento del Imperio Germano y pagarles unas buenas cantidades como indemnización por las pérdidas en la guerra de los prusianos. Todo esto fue el germen que le llevó a formar parte de la Entente Cordiale (luego Triple Entente), junto a Gran Bretaña y Rusia; que sentó las alianzas de las potencias en conflicto en la próxima Gran Guerra (1ªG.M). El revanchismo sobre todos estos actos casi 50 años más tarde, puesto en práctica en el Tratado de Versalles de 1919, a su vez aposentaría las bases para el round 3, también conocido como 2ª Guerra Mundial... ¡Ah!..¡Lo que es la Historia!... En fin, volviendo al tema, nuestro joven Rostand se cría en este ambiente enfervorizadillo -que continuaba con el intenso patriotismo que había plantado nuestro querido Napi III-, en el que todo el país estaba empeñadísimo en recuperar el esplendor del pasado y su posición de preponderancia mundial.

En todo este mejunje nacionalista, a punto de cumplir el siglo, el 28 de Diciembre de 1897, Rostand, tras varios intentos de proclamarse como dramaturgo que sufrieron diferentes suertes, estrena su obra en 5 actos Cyrano de Bergerac.
Edmond Rostand
Edmond Rostand
Y claro, la obra pegó un pelotazo. No sólo por su belleza en sí, sino porque, inmediatamente -como suele pasar en este tipo de situaciones-, el personaje es encumbrado al Olimpo por representar en sí mismo todas las virtudes del pueblo francés. Chauvinista, borrachuzo, aburrid... ¡estooo, feroz, galante, poeta, noble, indómito, orgulloso...! Lo cierto es que, fuera de bromas, su ascenso a la categoría de héroe nacional fue inmediato. El mismo Rostand recibió la Legión de Honor de manos del presidente de la República Elie Faure cuando éste fue a ver la obra con su familia el 6 de Enero del 98, tan sólo diez días después de su estreno. Autor de un personaje tan anclado en el subconsciente colectivo francés, Rostand es súbitamente erigido en redentor del teatro francés. Y todo por una obra realista, pero también romántica, de capa y espada, lo que no deja de ser sorprendente, ya que fue escrita en una época en la que el drama en verso y ese tipo de obras aburrían al espectador pues se hallaban fuera de moda, y al romanticismo se le consideraba poco menos que extinto.
 

Cuenta Jesús Pardo, en el prólogo de la edición de la colección Austral, que Rostand sufrió la peor de las maldiciones que un autor puede padecer: ser una sombra de su propia obra y no conseguir nunca más estar a la altura de lo que se ha hecho. Según él, la fama de la obra fue tan descomunal y la reacción del público tan desorbitada que nada de lo que hizo después estuvo a la altura a los ojos del público. Su éxito acomplejó al propio poeta, que se vio elevado muy por encima de sus propias capacidades, pues se sabía bueno, pero no genio, y le llevó a situaciones cercanas a la locura. Ésta es la versión con la que me he criado yo, aunque se confronta con la información que aparece en Wikipedia y otras fuentes, en las que se habla de éxitos de igual importancia en fechas posteriores. Pardo sí habla de grandes muestras de calidad y talento en obras como L'aiglon -El Aguilucho, sobre el hijo de Napoleón-, Chantecler y su Dernière nuit de Don Juan, pero subraya que fue con escasos triunfos de público. Sea cual fuere la verdad, lo cierto es que lo que sí es innegable es que Cyrano, sí supuso un éxito sin precedentes, y toda una renovación en las artes escénicas del país. La obra, en algunos aspectos incluso demasiado moderna para 1900, combinaba magistralmente las viejas historias románticas y heroicas, una visión más actual y realista de la vida en el s. XVII y una fuente de inspiración inagotable para el patriotismo del momento, enfocada especialmente en la grandeza de su protagonista.


El éxito en el extranjero fue equivalente -aunque el resto del mundo no fuera francés-, y rápidamente se aposentó como uno de los pilares del nuevo teatro, y se convirtió en un animal escénico infinitamente representado a partir de ese momento. A España llegó en su inauguración en Madrid el 1 de Febrero de 1899, apenas un año más tarde de su estreno en la capital francesa; interpetada por Fernando Díaz de Mendoza, María Guerrero y Alfredo Cirera. Fue, como previamente he dicho, hermosísimamente traducida y versificada por tres poetas, Luis Vía, José O. Martí y Emilio Tintorer, cuya versión -para mí, la única-,es la que contiene la edición de la colección Austral de Espasa Calpe. Sé de al menos otras tres traducciones/versificaciones: la de la película de 1990, una realizada por el excolumnista del ABC, Jaime Campmany, junto a su hija Laura y una tercera que vi hace relativamente poco en una edición de bolsillo en un VIPS, aunque por desgracia no he podido encontrar datos precisos sobre ella. Sí sé que ninguna de las tres, por lo que pude ojear -que fue bastante-, se acercan, a mi jucio, ni remotamente a la versificación original de esos tres caballeros.

Cyrano de Bergerac

 ¡Hmmm!... ¡chatito! 

Y es que en esto, como en tantas otras cosas, soy ferozmente pasional. Quien me quiera convencer de que existe mejor traducción que la de estos señores, va a tener que luchar tan denodadamente como el que pretenda argumentarme que la peli buena es la antigua -imagino que nadie querrá hacerlo con la versión muda de 1900, ni con esa bazofia llamada Roxanne, protagonizada por Steve Martin-. De acuerdo: José Ferrer realiza un gran papel en la versión de 1950. Quizás demasiado rígido y -perdonadme por lo que voy a decir- teatral. Pero ni la película -en todos sus aspectos técnicos- hace ni sombra a su versión moderna, ni Ferrer se puede comparar con esa bestia parda de la interpretación que es Gérard Depardieu. Olvidémonos del hombre, de sus peloteras con la Hacienda francesa, con el gobierno y los viticultores de media galia... Depardieu ha sido un animal interpretativo desde muy joven, pero para mí el clímax de su carrera se encuentra precisamente en esta película, junto con la infravalorada Danton de Andrzej Wajda, -imposible de encontrar por la red salvo un par de fragmentos y el trailer con subs. en inglés-. 

Sin embargo, para los hispanohablantes, hablar de Depardieu -como de tantos otros-, es hablar de Camilo García, su doblador. La tarea de este hombre es inconmensurable. Pondré un ejemplo con respecto a cada una de las dos películas citadas. En Cyrano, cuando vino a presentar la película a España, a Depardieu le pusieron un fragmento de su interpretación doblada al español. El actor, que desconoce por completo nuestra lengua, se quedó asombrado por los matices de la interpretación de García, alabándole públicamente. En Dantón, el galo psicópata, en la escena del discurso en el juicio, su interpretación es tan pasional que se rompió la voz en medio del alegato, teniendo que terminarlo totalmente afónico. (Podéis verlo aquí, por desgracia en un vídeo-capullo de esos que meten una música distinta de fondo, destrozándolo. Además hay que empezar desde el minuto 4'30". Por supuesto, no he encontrado su versión en español, pero incluso sin entenderle, como es mi caso, aunque yo ya haya visto la película, asombra su fuerza en escena). Pues bien, Camilo García, para mantenerse a la difícil altura que le marca el francés, también se desgañitó y rompió la voz, terminando la escena igualmente afónico. La profesionalidad de esta gente es apabullante, por mucho que ahora esté de moda ponerlos a caer de un burro. En el siguiente fragmento habla precisamente del rodaje de Cyrano:





La potencia interpretativa de Depardieu es difícilmente igualable, pero en Cyrano se volcó de un modo tal que podríamos pasar este post entero subiendo escenas suyas para deleitarnos. Pondremos, no obstante, la misma, la -magistral- del teatro, en francés y en español para que podáis comparar el trabajo de estos dos grandes talentos de la interpretación. Primero, en original:




Y ahora, en español:




No importa las veces que haya visto esta película: siempre consigue ponerme los pelos de punta. Es muy difícil encontrar una combinación más perfecta de obra, director, actor, traducción. Y sí, de la misma manera que defiendo -a capa y espada, claro está-, la película de 1990, también lo hago con su versión española. Por desgracia, desconozco la lengua francesa, y entre ver unos tristes subtítulos o una versificación completa y muy digna... lo siento, señores, esto es teatro, y teatro en verso. Lo único que podría decantarme por la original sería la voz de Depardieu, pero, a ver, después de comparar ambos fragmentos ¿quién es capaz de decirme que su doblaje desmerece tan sólo un ápice? Olvidémonos de moderneces y tópicos: los doblajes españoles, cuando son de alta calidad como éste, son dignos de muchísimo respeto.

Cyrano de Bergerac, 1990, Depardieu, benoit barbier Carlos Jesús a punto de tener un viaje astral a Raticulín.

Me cuesta creer que entre vosotros, cultos y dignos lectores, haya alguno que desconozca de la historia de la que trata la obra. No obstante, como es necesario para entender la finalidad de este artículo, que es la profundización en los motivos de los personajes y de sus actos, realizaré un pequeño resumen de la trama de la misma. Si no es el caso y preferís leerla o verla en teatro o DVD, os ruego no continuéis leyendo. Peligro de spoilers. 

Como todo el mundo sabe, Cyrano es un mosquetero que vive en la Borgoña de la década de los 40 del siglo XVII. Es un hombre culto, ingenioso y audaz, terrible con la espada y con gran tendencia a usarla. Pero la característica por la que todo el mundo le conoce es por su enorme nariz, tan imposible de ignorar como peligrosa de no hacerlo. Está profundamente enamorado de su prima, Roxana. La más bella, la más culta, la más virtuosa. Sus cualidades son tales que, obviamente, Cyrano no espera nada de ese amor. Además, ella se encapricha -en un principio- con el Barón Cristián de Neuvilette, un cadete dentro del regimiento de mosqueteros gascones al que pertenece el propio Cyrano. Cristián es intensamente hermoso, pero resulta ser inútil para las letras; en cuestión para aquellas que tratan de amor. En ese hecho, un enfervorizado Cyrano cree ver la oportunidad de combinar su propio talento con la belleza física de Cristián -ocultando sus propios sentimientos al joven, pues la propuesta es cuanto menos singular-. El muchacho acepta, y, efectivamente, la unión del físico del uno y del intelecto del otro resulta devastadora para Roxana, que cae profundamente enamorada, ignorante de la trama de la que viene siendo víctima. Cuando parten para la guerra contra los españoles, Cyrano, ahora sí, a espaldas del propio Cristián, se juega la vida para continuar escribiendo a diario a su amada; y el éxtasis al que la lleva la conduce a viajar hasta el frente para estar junto a su amado Cristián. En el frente confiesa a éste que su amor ha evolucionado hasta hacer desaparecer por completo la importancia de su físico a sus ojos, declaración que ella hace, inocentemente, creyendo que es el mejor cumplido a su mente y corazón con que puede obsequiarle. Sin embargo, Cristián, que ignoraba que habían seguido llegándole cartas descubre, por una parte, que Cyrano en realidad está enamorado de ella, y por otra toma conciencia de que su rol en todo esto era meramente físico y ha perdido toda su importancia a ojos la joven. Enfurecido, intenta que Cyrano confiese a Roxana su juego, pero es herido de muerte, y fallece con la mentira en sus oídos -dicha por Cyrano- de que ella finalmente lo supo, pero le eligió a él. Roxana, en pleno éxtasis de su amor pierde a su joven marido, y por supuesto, nunca llega a saber la verdad de labios de Cyrano.

Veinte años más tarde, ella sigue en el convento en el que ingresó tras la muerte de Cristián, considerando que la vida ya carecía de sentido para ella. Semanalmente, desde entonces, sólo mantiene contacto con Cyrano, siempre silente, que la visita como una amiga. Un sábado, los enemigos de Cyrano, demasiado cobardes como para enfrentarse a él directamente, le tienden una emboscada y desploman una viga sobre su cabeza. Herido de muerte, aún consigue llegar a su cita en el convento, con el fin de dejarse morir allí. Él moribundo le pide a Roxana, ignorante de lo sucedido, que le deje leer la última carta que "Cristián" le escribió. Ella accede pero al comenzar a oírle declamar la carta, empieza a recordar la voz que oyó una noche bajo su balcón, y empieza a sospechar. Al girarse observa que él está recitando la carta y no leyéndola, pues está demasiado oscuro y tiene los ojos cerrados. Entonces comprende, ya demasiado tarde, que siempre fue Cyrano quien le habló y le escribió y que de quien realmente estaba enamorado era de él. Intentando negarlo, Cyrano pierde sus últimas fuerzas, y ante los ojos de ella, por fin feliz y sintiéndose reconocido, y de sus amigos Rageneau y Lebret, que han acudido a sabiendas de lo sucedido, se despide de todos en un emotivo monólogo y fallece, dando fin a la obra.

Es una obra hermosísima, llena de un romanticismo puro y desbordante. El amor y la fidelidad de Cyrano hacia su señora son encomiables. Pero para entender plenamente cómo Cyrano ama a Roxana, primero hay que saber cómo es el hombre, cómo es su psique. Y para comprender a este enamorado universal necesitamos entender dos cosas: cómo es para él el amor, y cómo es para él el honor.Quizás entonces podamos llegar a entender cómo es el personaje. Intentaremos comenzar por la primera.


Depardieu, Cyrano
Antananarivo era capital de... ¿Madagascar?
 El Amor según Cyrano


Cyrano de Bergerac es un hombre en el que se produce un desequilibrio enorme. En realidad el desequilibrio más básico que hay; aquel entre el físico y el intelecto. Nace con un rostro deforme -o al menos, así nos lo presentan-, y eso causa el rechazo que sufre de todos, tal como nos lo explica en la obra. Eso hace de él un hombre con serios problemas de contacto con los demás. Es un solitario que alterna una labor intelectual y emocional intensísima con el desfogue físico de una vida aventurera y temeraria. Muy pocos son los que pueden llegar a tratar con él. A los hombres los atemoriza por su inestable temperamento y lo peligroso de su espada, y las mujeres le atemorizan a él. Las rehúye y se siente incapaz de establecer ningún tipo de relación con ellas. A lo largo de la obra menciona que su rostro disgustaba a su madre; que las otras mujeres se burlaban de él, que incluso las prostitutas rechazarían su contacto, y que lo más parecido que tiene a una amiga es precisamente la mujer de la que se halla profundamente enamorado. Con ellas no puede pagar su injusticia vital tal como lo hace con los hombres, siempre en el borde de la violencia. Su orgullo, su carácter pendenciero e insufrible y a la vez su timidez, casi enfermiza, son muestras de este grave complejo que lo domina. Todo esto es lo que se aprecia fácilmente en el exterior. En el interior hay un hombre extraordinariamente inteligente y sensible, que necesita lo que todos los humanos necesitamos, pero que siente que le ha sido arrebatado desde la cuna: su derecho a ser amado. Cyrano es muy consciente de su problema y de las reacciones que éste causa en los demás. No se engaña, pero tampoco logra ponerle remedio, pues no puede cambiarlo. Ni lo niega, ni puede enfrentarse a él, ni ignorarlo ni aceptarlo. Así pues lo único que logra es protegerse ante ello, acorazarse. Por una parte lo hace entregándose a su mundo interior, desarrollándolo. Intenta vencer a todos tanto con la lengua como con la espada, usándolo como un arma; pero también se abandona a él, sumergiéndose en su mundo de sentimientos, profundo como un océano. Intenta suplir la fealdad a su alrededor -en la inmediatez de su propio rostro-, con belleza. Busca la hermosura como un fin en sí misma. Su amor, más platónico que carnal, más imaginario que real, es llevado a un extremo que no es falso en sí mismo, que no es un engaño, sino la acentuación suprema de lo que siente al observar la perfección y belleza que halla en su prima, sumado a la consciencia de su propia capacidad, de todo lo que puede dar ante ello. Es la versión adulta, madura y poderosa de algo que todos hemos sentido en nuestra juventud, pero que hemos ido perdiendo en una larga ristra de desengaños, de roturas, de rechazos. Algo que la enorme mayoría hemos tenido dentro, que algunos incluso aún tenemos, pero llevado a un nivel al que nunca pudimos elevarlo. Imaginaos un hombre que mantuviera intacta su inocencia -pues no ha perdido su filo por el uso-, que tuviera el don de expresar con palabras lo que a la mayoría nos resultaría imposible balbucear, y además con una necesidad vital imperante de darle rienda suelta y expresarlo. Imaginaos esa combinación junta en una época en la que la vida era distinta, donde ese talento se valoraba mucho más de lo que se hace ahora. Una época donde la carnalidad no había roto el fino velo de la seducción y el enamoramiento. Imaginaos todo eso y entonces quizás nos acerquemos a entender lo que una persona como Cyrano podría ofrecer al mundo.

Roxana, Deguiche, Cyrano

Roxana: la belleza tras el Napster.

Es más que probable que él no ame tanto a la bella y perfecta Roxanna como al amor en sí mismo. Es posible que ella esté simplemente idealizada desde la romántica soledad de su adalid. Que lo que Cyrano ame realmente es el sentimiento de estar enamorado y la fuerza vital que ello ofrece... aunque nada de esto se muestra en la obra. Ella permanece pura y hermosa hasta el final del texto, y Cyrano igual de entregado a su causa que en la primera página. Un sentimiento así no debería ser tan terrenalmente temporal y caduco. Hay gente que ama de esa manera, por mucho que no dejen de ser una sorprendente excepción. Pero más allá que eso, el mosquetero es un hombre que debe compensar su desgracia interior y la obligación generada por su propio talento, en el abandono al impulso creativo. Como vía de escape y casi como imperativo moral. Si no crea, ¿cómo puede desfogar su desdicha, cómo puede expresar todo lo que lleva en su interior, cómo puede abstraerse de la realidad circundante? Sólo un motor creador puede dar luz a una existencia como la suya –pues pese a todo, incluso su capacidad destructiva se ve sometida a la creativa-, mas esa creación requiere de alimento y de aire, como nosotros. El alimento es energía, y el aire es experiencia. Sin la primera, la labor creativa se adormece hasta desaparecer, y sin experiencias vitales, lo creativo se torna repetitivo e insustancial. ¿Y qué mayor fuente de energía hay que los sentimientos? Amor, tristeza e ira son potentes motores de la creación artística. El amor que siente por Roxanna es suficiente para desear crear constantemente y en perpetuo desarrollo. Por otro lado donde carece de la experiencia, o quizás de experimentación, es donde su talento desbordante y su propia imaginación adquieren su protagonismo. Con todo, es el absurdo pacto que hace con Cristián, esa oportunidad que se le presenta la que él aprovecha a ojos cerrados, sabiendo que es la vía por la que podrá dar rienda suelta a toda su necesidad creativa. Antes podía escribir sobre el amor a Roxanna, pero ahora ella requería un flujo constante de expresión, que además le llegaría directamente, lo que cierra el círculo de su intensidad creadora.

En el clímax de la obra, Cristián, envalentonado por los sentimientos que Cyrano ha logrado extraer de ella a través de sus cartas, osa a intentar declararse directamente. Pero la decepción se muestra en los ojos de Roxana cuando comprueba que la elocuencia que existe en sus cartas no es hallada por sus palabras estando en persona. Cristián es despachado y rechazado -en parte, para regocijo del poeta-, lo que llevará a Cyrano a intentar otra aproximación esa noche, en el balcón de su casa. Él dictará, escondido, las palabras que el joven ha de decir. Se produce aquí una de las más hermosas secuencias de la obra, en la que Cyrano, finalmente podrá dar rienda suelta a todo lo que siente por Roxana:

Roxana (entreabriendo el balcón):
¿Quién llama?
Cristián:
Cristián.
Roxanna (Con desdén):
¿Vos? Podéis marcharos.
Cristián:
Un instante, Roxana; quiero hablaros.
Cyrano  (debajo del balcón a Cristián):
¡Baja la voz!
Roxana:
¡Habláis muy mal!
Cristián:
¡Señora, piedad!
Roxana:
¡No me amáis ya!
Cristián (a quien Cyrano apunta sus palabras):
¡Cielo divino!
¡Que no la amo, me dice la traidora
cuando, ante su belleza seductora,
ni a hablar acierto, ni a gozar atino!
Roxana (que iba a cerrar el balcón, deteniéndose):
¡Calle! ¡Esto va mejor!
Cristián (mismo juego):
El amor crece
dentro del alma que tomó por cuna,
donde, al par que es mecido, se engrandece
el pequeño tirano.
Roxana (saliendo al balcón):
¡Va mejor! Mas... si tanto os importuna,
si tanto os tiraniza el inhumano,
¡ahogáraisle al nacer!
Cristián (el mismo juego):
Lo he pretendido
mil veces, mas en vano,
porque es este cruel recién nacido
un Hércules, señora, y me ha vencido.
Roxana
¡Va bien!
Cristián (el mismo juego):
y estranguló con mano ruda,
mostrándose a mi queja indiferente,
las dos sierpes del alma: Orgullo y Duda.
Roxana (apoyándose con los codos en el balcón):
¡Bien habláis! Mas... ¡por qué tan lentamente
a mi voz vuestra voz, Cristián, replica?
¿Vuestro númen tal vez se ha entumecido?
Cyrano (tirando de Cristián, poniéndole debajo del balcón y colocándose en su lugar):
¡Pst! ¡Ven acá! ¡El asunto se complica!
Roxana:
Vacilar vuestras frases he advertido. ¿Por qué?
Cyrano (hablando a media voz, como Cristián):
Porque es de noche y van a tientas
en la sombra buscando vuestro oído.
Roxana: 
Pues ¿cómo -responded, no hallan las mías
es dificultad?
Cyrano:
¿No andan tardías
en llegar hasta mí? ¿Y eso no entiende
vuestra gran discrección? ¿No lo concibe?
¡Porque es mi corazón quien las recibe!
Grande es mi corazón, dulce señora;
pequeña vuestra oreja seductora;
y, además, vuestras frases van aprisa
porque descienden; más las mías suben
y alguna dilación se hace precisa.

Roxana:
Noto que suben ya con más premura.

Cyrano:
¡Hábito de subir han adquirido!
Roxana:
Cierto que os hablo desde buena altura
Cyrano:
¡Y el corazón dejaráisme partido
si sobre él al descuido
se os escapase una palabra dura!
Roxana (haciendo un movimiento para retirarse del balcón):
¡Bajaré!
Cyrano (vivamente):
¡No!
Roxana:
En el banco, pues, subíos.
Cyrano (retrocediendo, con espanto):
¡No!
Roxana: 
¿Cómo no? decid...
Cyrano (con emoción creciente):
Aprovechemos la ocasión que se ofrece...
de hablar sin ver.
Roxana:
¡Sin vernos!
Cyrano:
¿No os parece
la ocasión deliciosa? No nos vemos;
sólo, en la oscuridad adivinamos
que sois vos, que soy yo, que nos amamos...
Vos, si algo veis, es sólo la negrura
de mi capa; yo veo la blancura
de vuestra leve túnica de estío...
¡Dulce enigma que halaga al par que asombra!
¡Somos, dulce bien mío,
vos una claridad y yo una sombra!
De hablaros mi afán crece,
mas no sé qué me pasa, que parece
que por primera vez hablo esta noche.
Roxana:
Pues bien: si es ya llegado ese momento, 
¿qué cosas me diréis?
Cyrano:
Todas aquellas
que ocurrírseme puedan, las más bellas,
ofreceros intento
como de flores apretado ramo.
Yo os quiero, yo me ahogo, yo sediento
estoy de tu hermosura... ¡yo te amo!
no puedo más; deliro, desfallezco,
que entero me robaste el albedrío...
Tu nombre está en mi corazón, bien mío,
Como en un cascabel, y me enajena,
y como de continuo me estremezco,
constantemente el cascabel se agita,
constantemente el dulce nombre suena.
Todo lo que fue tuyo de algún modo,
lo recuerdo, mi bien, pues lo amé todo.
Acuérdome de un día del pasado
año...el doce de Mayo... Tú Roxana,
para dar un paseo de mañana
cambiaste de tocado.
Divina claridad resplandeciente
se me antojó tu rubia cabellera;
cuando al sol se ha mirado fijamente, 
si no ciegan los ojos, ven doquiera
en cada objeto, cercos encarnados;
así cuando mis ojos deslumbrados
dejan de contemplar la dulce hoguera
con que a la par, me ciegas y me hechizas,
en todas partes ven manchas rojizas.
Roxana (con voz trémula):
¡Esto es amor!
Cyrano:
¡Oh sí! Este sentimiento
triste y reconcentrado
del amor más violento
tiene todo el furor desesperado.
¡Y egoísta no es, yo te lo fío!
¡Ah, no, que por tu bien diera yo el mío!
¡Os hablo y me escucháis! ¡Oh vos..., mi dueño!
¡Son mis frases de amor, mi amante acento,
mi apasionada y trémula querella
lo que produce en ella
hondo estremecimiento!
¡Sí! ¡Vos tembláis cual hoja entre las hojas!
¡Sí! ¡Tú tiemblas, mi bien, pues he sentido,
de ese balcón entre las verdes tramas,
de tu mano el temblor que ha descendido
del jazmín a lo largo de las ramas!
(Besa con arrobamiento la extremidad de una rama colgante)
Roxana:
¡Sí! ¡Tiemblo, y tuya soy, y gimo, y lloro,
y enbriáganme tus frases! ¡Y te adoro!
Cyrano:
¡Venga la muerte, pues! ¡Yo, yo he sabido
causar esa embriaguez, ese embeleso!...
sólo una cosa os pido...
Roxana:
¡Oh, sí! ¡Decid!...
Cyrano:
Os pido sólo...
Cristián (debajo del balcón):
¡Un beso!
(...)
Roxana:
Y hablabais de... de un...
Cyrano:
Beso.
Dulce fuera el vocablo en vuestra boca,
mas no lo pronunciáis. Si os quema el labio,
¿qué no haría la acción? Sed generosa,
venced vuestro temor... Sin daros cuenta,
ha poco os deslizasteis sin zozobra
de la risa al suspiro y del suspiro 
al llanto... Deslizaos más ahora 
y llegaréis al beso sin notarlo,
pues la distancia entre ambos es tan poca
que un solo escalofrío los separa.
Roxana: 
¡Callad!
Cyrano:
Al fin y al cabo, ¿qué es, señora
un beso? Un juramento hecho de cerca;
un subrayado de color de rosa
que al verbo amar añaden; un secreto
que confunde el oído con la boca;
una declaración que se confirma;
una oferta que el labio corrobora;
un instante que tiene algo de eterno
y pasa como abeja rumorosa;
una comunïón sellada encima
del cáliz de una flor; sublime forma
de saborear el alma a flor de labio
y aspirar del amor todo el aroma.
Roxana (casi vencida):
¡Ah! ¡Callad!
Cyrano: 
Y y es tan noble, en fin, un beso,
que la reina de Francia, de su boca
al más dichoso Lord quiso otorgarlo.
Roxana:
¡Oh! ¡Entonces...!
Cyrano:
Otra reina ve y adora
en vos mi corazón, que tanto tiempo
su pasión ocultó, sufriendo a solas.
(Exaltándose)
Cual Buckingham soy fiel, devoto amante...
Roxana:
¡Y hermoso eres como él!
Cyrano (a parte, con desencanto y profunda amargura):
¡Adiós, mi gloria!
¡Que era hermoso olvidé!
Roxana (con resolución):
¡Pues bien! Subíos
a coger esta flor...
Cyrano (poniendo a Cristián debajo del balcón):
¡Sube!
Roxana:
Este aroma del corazón...
Cristián (emocionado):
¡Oh!
Cyrano (a Cristián):
¡Sube!
Roxana:
Este susurro de abeja...
Cyrano (a Cristián)
¡Sube!
Cristián (vacilando):
¿Debo hacerlo ahora?
¿No obro mal?
Roxana:
Este instante que es eterno...
Cyrano (empujándole):
¡Sube, necio!
(Cristián se decide, y por el balcón, las ramas y los pilares llega a la balaustrada, donde se sienta)
Cristián:
¡Roxana!
Roxana:
¡Ven!
Cristián:
¡Mi gloria!
(abrazándola y besándola)
Cyrano (a parte):
¡Oh, corazón! ¡Cuán bárbara esta herida!...
(oprimiéndose el pecho)
Beso, festín de amor del que yo ahora
vengo el Lázaro a ser!... ¡Alguna parte
alcanzo a recoger aquí en la sombra!
¡Sí! ¡Yo siento que mi alma te recibe,
que al besar ella de Cristián la boca,
besa, más que sus labios, las palabras
que he pronunciado yo!... 
¡Qué mayor gloria!

Cyrano, Roxana
 Cyrano, dando rienda suelta a todo su mojo.

Es aquí donde, personalmente, más me llega el drama de la obra. Tras abandonarse completamente a la ilusión de que él mismo es Cristián, Cyrano desarrolla una capacidad de expresión de sus propios sentimientos abrumadora. Es tan convincente en lo que dice y en cómo lo dice que, efectivamente, arrastra a una Roxana predispuesta en contra -tras el encuentro anterior con Cristián-, a un arrobamiento amoroso sin límites. En ocasiones creo que si en aquel momento Cyrano se hubiera mostrado, a Roxana le hubiera importado un rábano su probóscide; en otras, sin embargo, pienso que parte de ese éxtasis le viene dado a la muchacha por la consideración de que ha encontrado al hombre perfecto en todos los sentidos. No nos olvidemos de que sin atracción física el amor no puede mantenerse. Materia distinta es si el apéndice nasal cyranesco es un anulador real de su atractivo físico o es algo que sólo sucede en la mente de su portador. No vale como referencia Depardieu en la película, porque su apariencia mola un huevo. De hecho el espectador a menudo tiene que hacer el esfuerzo de autoconvencerse de que el problema que él plantea es tan grave como dice.

En cualquier caso, todo lo que se viene diciendo aquí quita considerablemente el lustro del amor que se supone que Cyrano siente por la muchacha en cuestión. Parece que es algo medido, lógico, consecuencia de algo. Sin embargo no nos olvidemos de lo verdaderamente hermoso del comportamiento de Cyrano: él ama de un modo tan puro que superpone la felicidad de Roxana a la suya propia. De acuerdo, esto puede encajar con su propia inseguridad; puede camuflarse como cobardía. Pero lo cierto es que pudiendo en numerosas ocasiones descubrir el juego, no lo hace. Esto también se tratará más adelante cuando hablemos de su sentido del honor. Con todo, se zampa ver al otro subiendo a ser amado por la mujer a la que él adora -y a la que ha conquistado-, se sacrifica y organiza rápidamente la boda entre ambos, para garantizar la felicidad de la muchacha; miente a Cristián sobre la elección de ella, y mantiene su secreto casi literalmente hasta la tumba. Hace falta querer mucho a la otra persona para condenar tu felicidad el resto de tu vida con tal de no romper los recuerdos de ella. Aquí es donde vemos el romanticismo en sus más altas cotas.

 -¡Cristián!-¡Cyrano!-¿qué hacéis aquí?-¡Le meto mano!

Estamos de acuerdo en que la fortuna también trabaja en contra de Cyrano. Cuando ella por fin declara su indiferencia hacia la apariencia de la persona a quien ama, el azar hace que Cristián quede herido de muerte. Esto anula inmediatamente toda posible confesión sobre la verdadera autoría de las cartas y de la elocuencia que tanto la ha enamorado. No vas a coger, con el otro recién muerto en sus brazos, y a decirle "por cierto, no era él, era yo". Lo primero porque sería de un miserable nivel épico, y lo segundo porque lo único que conseguirías es que ella te despreciara y él alcanzara aún más el nivel de leyenda en su corazón. Por tanto Cyrano hace lo único que puede hacer, que es callarse y tirar para adelante; pero también es cierto de que lo mantiene durante toda su existencia y jamás llega a reconocerlo, lo cual dice mucho de él como persona amante y como hombre de honor.




El Honor según Cyrano


-¡Y abro la puerta del baño, y veo que me ha cambiado todo el alicatado por uno de gres...!

Como hemos visto, Cyrano es hombre de amor y de honor. Bien es cierto que, en aquellos tiempos, un hombre llegaba hasta donde lo hacía su honor. El honor siempre ha sido materia de muchos escritos y mucha sangre derramada, y, sin embargo, casi nadie ha logrado explicarlo bien. Y menos aún logramos comprenderlo nosotros, ciudadanos de este iconoclasta, políticamente correcto y descreído s.XXI. Pero en aquellas épocas, una mínima afrenta al honor desnudaba aceros y vestía tumbas. Por ejemplo, los éxitos militares de la España de aquellos siglos en gran medida venían dados por el sentido del honor que tenían sus soldados, que aguantaban cosas inconcebibles por no sufrir el deshonor de saberse derrotados. Los hidalgos -hijosdalgo- sentían que podían morir de hambre y vestir harapos, pero su honor brillaba sin mácula. Y, por lo que se ve, la Francia contemporánea no era muy diferente en ese aspecto. Los callejones de ciudades como París y Madrid estaban atestados de encuentros en los que la sangre se usaba para lavar el honor, como ahora se usaría el Kalia-Vanish Oxiaction. Por eso la figura de Cyrano caló también -y tan bien- en la mente española. Es una figura tremendamente quijotesca e hidalga, y para nosotros es reconocible hasta el punto de lo familiar. Supongo que por esas razones el poeta modernista nicaragüense, Rubén Darío, enorme simpatizante de España y su cultura, le dedicó este poema.

El honor era un código de conducta. Era la percepción de los propios actos, sumada a la de los demás, a través de un convenio social que dictaba lo que era correcto, separándolo de lo que no. Si la gente tuviera distintas percepciones de la moralidad, el honor sólo serviría para calmar la propia conciencia. Pero no era así. Socialmente se había aceptado que ciertas cosas eran comportamiento propio de caballeros y de damas. Así, ese convencionalismo, mezcla de la moral religiosa reinante sumada a los códigos de caballería de antaño, permitía al individuo conocer el modo correcto de actuación, en caso de que tuviera duda sobre él. A menudo la gente no se comportaba como quería, sino como el honor dictaba, es decir, de la manera en la que no hubiera remordimientos, y los demás pudieran apreciar la valía de uno mismo. Esto nos puede sonar incluso ridículo, pero lo cierto es que seguimos basándonos en el mismo tipo de comportamiento, aunque la convención social haya marcado una moral diferente. Y hoy, como antes, como siempre, han existido personas con visiones sobre la moralidad más relajadas que otros. El honor era importante, pero a menudo, cuando la vida estaba en juego, esa visión se distendía convenientemente. Sólo ciertos individuos cuyos principios eran mucho más personales que sociales, o aquellos para quienes la opinión de los demás era más vital que la propia conveniencia, mantenían incólume el sentido del honor ante cualquier situación. En mi opinión, Cyrano pertenece claramente a los primeros.


A menudo se confunde el honor con el orgullo. Y son elementos parecidos, pero diferentes. El orgullo de un individuo le lleva a tomar acciones, a menudo precipitadas e intensas, para protegerse a sí mismo o a la concepción que tiene sobre su persona. Un individuo orgulloso filtra todas las afrentas que puedan cometer contra él a través de su propia escala ética. Lo que se le puede hacer y lo que no. Pero es una visión profundamente egoísta y egocentrista -ambas palabras compartiendo la misma raíz-. El individuo honorable hace lo que tiene tiene que hacer, vaya en su propio beneficio o en su propia contra. Además el honor no tiene tanto que ver con la afrenta como el orgullo: el honor está en todos los actos de una persona. El orgullo es una reacción a determinados actos de los demás.

Cyrano de Bergerac, 1990, Depardieu
¡¿Que pagáis a cuántos días...?!

En el de Bergerac, se suman las razones que acabamos de ver con las reacciones psicológicas ante su complejo y percepción sobre sí mismo. El resultado es una complicada combinación de motivos. Por una parte, a base de sentirlo sobre sí mismo, considera que el mundo es un lugar injusto, lleno de mentirosos, mentecatos, hipócritas y personas crueles, lo que le lleva a desarrollar un estricto código ético. Necesita seguirlo no sólo porque él se sabe distinto a ellos, sino para compensar con lustro la dura opinión que cree que los demás tienen a priori sobre su persona. Hay una necesidad de mostrarse diferente y mejor que los demás. Podrá acusársele de muchas cosas pero no de falsear, mentir, conspirar...Además, como persona sensible que es, en lógico que muestre una mayor empatía sobre el dolor en el mundo y sus defectos, sobre su injusticia. La ética de las personas que sufren siempre es más estricta que la de los que hacen sufrir. Por último, ese código de conducta le supone, sin duda, un sistema de salvaguarda tras el que protegerse. El honor en Cyrano viene marcado, claramente, por su apreciación de la justicia; por lo que considera que es noble frente a lo que no lo es; por su deseo de resultar admirable y de añadir elegancia a un mundo que considera corrupto; porque su corazón es noble, finalmente. Pero a todo ello hay que añadirle el orgullo, su susceptibilidad, su autoprotección a los demás. Cyrano es honorable y orgulloso, en ocasiones hasta llevarle a un perjuicio considerable a su persona, pero sobre todo, distinguiéndole inmendiatamente como un individuo solitario, independientemente de su nariz. Nada como tener una ética demasiado estricta para darte cuenta de lo solo que estás en el mundo.

En este fragmento tenemos un buen ejemplo de todo esto que estamos hablando.


De Guiche: (Lánguidamente sentado en un sillón que Ragueneau se ha apresurado a acercarle)
Hoy un poeta es cosa de buen tono.
¿Queréis vos serlo mío?
Cyrano:
De nadie, caballero.
De Guiche:
Yo os abono
Que no os ha de pesar. A mi buen tío
Richelieu complacióle en alto grado
Ayer vuestra agudeza peregrina;
Yo cerca de él serviros he pensado;
Sé que teneis un drama terminado.
Lebret (deslumbrado, al oído de Cyrano):
¡De esta hecha representan tu Agripina!
De Guiche:
Llevádselo.
Cyrano (algo seducido):
¿En verdad…?
De Guiche:
Mi tío es diestro;
Sólo algún verso os tachará…
Cyrano (cuyo semblante se pone fosco):
Imposible Señor
De Guiche:
¡Oh, es un maestro!
Cyrano:
Y yo soy un discípulo irascible:
Condición que, cual veis, al punto asoma
Si me hablan de cambiar sólo una coma.
De Guiche:
Más si un verso le gusta, caballero
Suele pagarlo caro.
Cyrano:
Menos caro
Que yo, que al escribirlo no fui avaro,
Pues puse en él mi corazón entero.
Me lo canto a mí mismo y voy pagado.
De Guiche:
Sois orgulloso.
Cyrano:
¡Pse! ¿Lo habéis notado?
(...)
De Guiche (secamente; levantándose):
¡Mi silla! ¡Basta ya! ¡Seguid, señores!
(a Cyrano, violentamente)
¡Vos, caballero!...
(...)
De Guiche (que se ha dominado, sonriendo):
¿Conocido
Os es el ‘Don Quijote’?
Cyrano:
Lo he leído,
Y ante ese loco insigne me descubro.
De Guiche:
Recordad, señor mío, si cual bravo
Discreto sois…
…el capítulo aquel de los molinos.
Cyrano (saludando):
El capítulo octavo
De Guiche:
Pensad que, del ataque en el momento…
Cyrano:
¿Según eso acometo yo a personas
Que acostumbran a girar a todo viento?
De Guiche:
¡Que con un movimiento
De sus brazos,
Si osáis acometellas,
Al fango os lanzarán!...
Cyrano:
¡O a las estrellas!
(Vase De Guiche. Se le ve subir a su silla.
Los nobles se marchan cuchicheando. LeBret los acompaña hasta la puerta. Detrás de ellos vase la multitud).


Escena VIII (Cyrano, LeBret, los cadetes, sentados alrededor de las mesas colocadas a derecha e izquierda, comiendo y bebiendo)
Cyrano (saludando burlonamente a los que se van sin osar despedirse):
¡Caballero…caballero!
CADETE PRIMERO:
¡Buen lance!
CADETE SEGUNDO:
¡Salió corrido!
Lebret (que se le acerca, desesperado, alzando los brazos al cielo):
¡En qué enredo te has metido!
Cyrano:
¿Refunfuñas?
Lebret:
Considero,
y no me lo has de negar,
Que asesinar brutalmente
La fortuna que sonriente
Pasa, es mucho exagerar.
Cyrano:
*En ello convengo.
Lebret (triunfante):
¡Ah!
Cyrano::
Sí.
*Mas cumplo con mi conciencia,
*y a los demás de experiencia
*Sirvo procediendo así.
Lebret:
*Si a reprimirse acertara
Tu espíritu… mosquetero
Tuvieras gloria, dinero
Cyrano:
¿Y a qué precio lo alcanzara?
¿De qué medios me valdría?
Di. ¿Buscando un protector
Y medrando a su favor
Cual la hiedra que a porfía
El firme tronco abrazando,
Lamiéndole la corteza
Suavizando su aspereza,
Va poco a poco, escalando
La copa? ¿Yo así medrar?
¿Yo por astucia elevarme?
¿De mi ingenio no acordarme
Ni con mi esfuerzo contar?
¡Gracias! ¿Con la pretensión
De que a su mesa me siente,
Arrastrarme cual serpiente
Ante estúpido anfitrión,
Y ejecutar contorsiones
Con agilidad dorsal?
¡No, gracias! ¿Original
Talento en sus producciones
Suponer en un plagiario
Y adorar noche y mañana
El santo por la peana,
Siempre pronto el incensario?
¡Gracias! ¿Que, cual necio, tema
Si otro más necio se irrita?
¿Consagrarme a una visita
Mejor que a escribir un poema?
¿O, tras mil y mil desgracias,
A sueldo hacer memoriales
U otros oficios triviales?
¡No, gracias! ¡No, gracias! ¡No, gracias!

En cambio…¡oh, dicha!
Vencer gracias al propio heroísmo,
Fiando sólo en ti mismo,
Pudiendo a placer
Himnos de gloria entonar
O denuestos proferir
Soñar, despertar, sentir,
Lo que es hermoso admirar
Tener firme la mirada,
La voz que robusta vibre
Andar solo, pero libre.
Ponerte, si ello te agrada,
El sombrero de través.
Por un sí o un no batirte,
Hacer versos o aburrirte
Ser arrogante o cortés.
No escribir nunca, jamás,
Nada que de ti no salga
Y, modesto en lo que valga
Pensar que otro vale más,
¡Y contentarte por fín,
Con flores, y hasta con hojas,
Como en tu jardín las cojas
Y no en ajeno jardín!...
En resumen: desdeñar
A la parásita hiedra,
Ser fuerte como la piedra,
No pretender igualar
Al roble por arte o dolo,
Y, amante de tu trabajo,
Quedarte un poco más bajo
Pero solo, siempre solo.
Lebret:
Solo, siempre solo, sí,
Según tus extraños modos
Mas no solo contra todos,
Que eso es ya manía en ti.
¿De qué proviene ese afán
De hacerte sólo enemigos?
Cyrano:
De verte a ti hacer amigos
Y del pago que te dan...
Buenos…, ¿Cuántos hallarás?
Yo, al ver uno que, ceñudo,
Me niega al paso el saludo
Pienso: ¡‘Un enemigo más’!
¡Y gozo!
Lebret:
¡Qué aberración!
Cyrano:
Es mi vicio, lo confieso.
Mejor que me odien: con eso
Llenan toda mi ambición.
¡Ah, Lebret! ¡Si comprendieras
Cuánto se siente alagada
Mi alma bajo una mirada
Insultante! ¡Si supieras,
-Y lo sabrás, aunque tardes
En salir de tu ilusión-
Lo bien que mancha el jubón
La baba de los cobardes!...
A tí, Lebret te seduce
Cualquier amistad fingida,
A esos cuellos parecida
De Italia, en que no reluce
Terso y rígido el planchado;
Que encima del pecho flotan
Y que, cuando más, denotan
Gusto nimio en el calado.
Te haré, sí, una concesión:
Son cómodos esos cuellos
Pero ¡ah!, que el rostro con ellos
Pierde su altiva expresión
Quien los usa se afemina,
Nada le oprime ni estorba
Y su cabeza se encorva
O a todos lados se inclina.
La mía no, acostumbrada
A sentirse muy sujeta
Por el odio, que me aprieta
La gorguera almidonada.
¡Aprieta, no da dolor!
Antes mi dicha es notoria,
Que ella es cual nimbo de gloria
De mi cuello en derredor.
Por cada rival que airado
Me acosa, otro pliegue ostento,
Y al par un estorbo siento
Y un rayo de luz me añado.
A la golilla española
Remeda el odio, cual ves:
Parece un dogal, pero es,
Más que dogal, aureola.
Lebret  (después de una pausa, asiéndole del brazo):
Bien, sí; ante el mundo declama;
Yo tu proceder respeto
Pero a mí dime en secreto:
¿No es cierto que ella te ama?

(...)

 - ¿Y dice aquí que, además de licenciada en económicas, sabe ud. cantar con voz de contralto la canción de 'soy minero'?

La universalidad de Cyrano

Cyrano es mucho más que un simple personaje literario. Es un símbolo, una referencia. Un elemento universal con el que todos podemos sentirnos identificados. El símbolo de la belleza en el alma y en el intelecto por encima de la mera apariencia física. El símbolo del amor puro, hermoso, entregado. El amor que es bello por la simple razón de que el mundo merece más belleza. El símbolo del hombre honrado, honesto, fiel a sí mismo, que pelea por encontrar sentido a su vida. El símbolo de quien tiene mucho que dar y  lo hace; mientras en soledad se pregunta si sirve de algo. El símbolo de quien sufre y pese a ello, protege; de quien da calor incluso sintiendo el frío de una herida en su alma. El símbolo de quien, tras una vida de perpetua lucha, de miseria, de incomprensión, de rechazo, muere con la última satisfacción de que, pese a todo, ha sido coherente. Puede que no sea un gran consuelo, pero es un consuelo sincero.
 
Alerta, spoilers!!
El final de Cyrano no es un final triste. De acuerdo, no es al que estamos acostumbrados en las películas de Hollywood, según el cual, al final Roxana y él hubieran sido felices -y procreado sobre la tumba de Cristián, el guaperas-. Una alumna mía, quizás la más brillante e inteligente, me discutía sobre este tema. Para ella el final sí era triste, por la sola razón de que él muere justo cuando ella se entera y no pueden disfrutarse el uno al otro. Creo que ésa es una visión, por una parte muy juvenil, y por otra, muy moderna. Cyrano lleva toda su vida queriendo ser reconocido, anhelando ser amado. Y muere sabiéndose ambas cosas. Roxana, al final, descubre de quién estaba verdaderamente enamorada, además de saber que lo que acaba de entender eleva a Cyrano a una altura de la que nadie podrá bajarle jamás. Su comportamiento durante todos esos años, su sentido del honor, su respeto al fallecido Cristián se añaden al alma que ella supo entrever, aunque pensara que pertenecía a otro; al talento que elevó el sentimiento que tenía por ella a la categoría de arte.



-¿y además de la nariz, qué más hay grande en vuecencia? -¡...Me abrumáis con la pregunta! ¿Puede ser la inteligencia?

Cyrano muere rodeado de las pocas personas que pudieron tratarle, y entre quienes mantuvo una relación de fidelidad absoluta, pues la gente honorable y orgullosa también suele ser fiel a quienes le llegan. Raguenau, el pastelero poeta, a quien en toda la cinta se ven sus ojos brillar de admiración cada vez que mira a Cyrano. Aquel hombre que no posee el talento suficiente como para ser genial, pero sí el necesario como para reconocer la genialidad. Lebret, su compañero de armas, quien sabe ver la verdadera nobleza que existe en el corazón del gascón. Y finalmente Roxana, su amada, su adorada amiga, quien conoce mejor la profundidad de su alma que nadie más en el mundo. Roxana, quien finalmente añade a sus viejos sentimientos por él, los nuevos del amor que siempre le profesó sin saberlo.

Con tan escueto público, Cyrano da un adiós con la grandeza que sólo una persona como él podía dar. En un hermosísimo monólogo acepta lo que ha sido su vida, su futilidad y brillo fugaz. Todo lo que ha hecho, y cómo no ha servido para nada. Agradece el poder ir a donde pueda reunirse con las mentes de los genios a quienes siempre admiró, y con quienes se sentirá, por fin, reconocido. A punto está de rendirse, pero, en ello, resurge su espíritu mosquetero, su bravura, y muestra los dientes a sus enemigos. La cobardía, la hipocresía, la avaricia, la mentira... Sabe que todo lo tuvo y todo lo perdió. Todo, menos lo último que le queda. Lo único. Lo que importa. Su dignidad.








Igor Yglesias-Palomar.


8 comentarios:

  1. Lo del entorno familiar peculiar me ha arrancado la carcajada :-))

    Cirano: el primer pagafantas de la historia al que todos los tímidos y acomplejados le debemos el sentido de la esperanza y la justicia ante aquellos que eligieron talento y conocimiento ante un mundo que denosta ambas cualidades en pro de los atributos físicos.

    Muy buen post :-))

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    1. Bien dicho, querido.

      Me alegro de que te haya gustado! Un abrazo.

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  2. Me ha encantado tu visión del personaje. Gracias por compartirla.
    De hecho, volveré a ver la película (estoy con Cyrano en francés, pero me cuesta) y releeré después el post.

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    1. Muchas gracias, Montse. Me alegro de que te haya gustado. Siempre es buen momento para volver a zamparse la película. Y para leer la obra, en francés o en español. Por nuestra parte, aquí seguirá el post esperándote para cuando lo hagas. Besazos!

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  3. Querido hidalgo Don Igor de Bergerac:
    Gracias por recuperar todo aquello que parece perdido. El honor, la dignidad, el amor platónico, el romanticismo... y traerlo a estas páginas. He pasado un rato realmente delicioso. Doy gracias también al conocer que siguen existiendo quijotes y cyranos, pues me creía el único ser en peligro de extinción. Yo daría mi vida entera por un final como el de Cyrano. No hay nada más hermoso que llevarte contigo todo aquello en lo que creías. Un último momento de máximo disfrute vale por millones de momentos de mínimo placer. Saber con seguridad que es lo mejor, lo más placentero, es tarea a la que se tiene que dedicar el ser humano con urgencia. Poner lo último lo primero y lo primero, lo último, es de vital importancia en los tiempos que corremos.
    Y en el mundo en el que vivimos deberíamos recuperar algo que se considera tan obsoleto como el honor. Mi abuelo fue de los últimos, allá por los años 50, que firmó un contrato con un apretón de manos y confiando en el honor y lealtad de esa persona. Ese contrato se mantuvo vigente hasta que vivió el buen señor. Después sus hijos hicieron caso omiso de la voluntad de su padre y mi abuelo lo perdió todo. Ingenuo, tonto, confiado son los calificativos que darían la mayor parte de las personas a mi abuelo. Mi abuelo fue una persona noble, leal y con un alto sentido del honor, eso es lo que pienso y lo que más me duele es saber que murió triste y , profundamente, apenado por la traición que sufrió.
    Lo dicho, enhorabuena por el post. Un abrazo.

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    1. Queridísima Marisa:
      Gracias, una vez más por tus comentarios. Siempre digo que cosas así son las que compensan las muchas horas de esfuerzo invertidas en cada uno de estos posts. Es imposible no animarse a comenzar la elaboración del siguiente tras leer una cosa de éstas.
      Estoy de acuerdo contigo, como no podía ser menos. A este mundo le hacen falta muchos Quijotes y Cyranos, gente que se entregue a sueños y que haga hermosas las cosas, por el mero placer de hacerlas bellas. Como siempre digo a mis alumnos "haced las cosas bien, que para hacerlas mal ya está el resto". Me sacude muy fuerte en mi interior cada vez que veo a alguien haciendo una cosa hermosa por es simple hecho de añadir belleza a este mundo, o porque el corazón se lo pide así, sin valorar, tasar o invertir en futuros beneficios.
      Respecto al honor y a tu abuelo... es que antes las cosas eran distintas. Ya he oído algún caso de gente que se comportaba como tu abuelo y a la que han estafado después convenientemente. Por eso en este mundo no hay nada tan raro y tan ingrato como una persona honesta. De actos y de palabra. Luchemos pues por mantener a los pocos especímenes que quedan, vivos, contentos y con ganas de transmitirlo a las próximas generaciones.
      Una vez más, muchísimas gracias!!
      Mil besos!!

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    2. "Tan ingrato, o tan desagradecido de ser como una persona honesta", aclaro, que acabo de releerlo y ha lugar a dudas. Besos! ;)

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  4. Interesantísima perspectiva, imposible de entender sin el manido "Código de caballería" que tanta épica ha dado a las letras universales. Me gusta la idea romántica llevada a su extremo, porque no han sido pocos los que han disfrazado a Cyrano de acomplejado reaccionario, dotado del don de la palabra. Corta perspectiva, a mi entender. Mucho más rica, profunda y, por qué no decirlo, halagadora tu visión. ENHORABUENA por el post. Conozco a unos cuantos que por menos, tienen un Doctorado en Letras.

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