Cojonazos de leyenda (I): Diego García de Paredes

























Por Igor Yglesias-Palomar.


Queridos todos y todas.

Aquí estamos una vez más para inaugurar un nuevo ciclo dedicado a algunas de esas personas que este país, ingrato como pocos, decidió olvidar, no importan sus méritos o hazañas realizadas. Mientras que otras naciones hiperbolizan e incluso inventan triunfos para elevar al olimpo a sus héroes, España, cuyas enfermedades endémicas son la envidia y el rencor, hace exactamente lo contrario: se avergüenza de sus gestas y sus logros, minimizándolos, retorciéndolos miserablemente y condenando al olvido a los hombres y mujeres que dieron su vida por ella. Pues ya sabéis lo que aquél poeta llamado Bartrina dijo sobre nuestro cainismo:

«Oyendo hablar a un hombre, fácil es
saber dónde vio la luz del sol;
si os alaba Inglaterra, será inglés,
si os habla mal de Prusia, es un francés,
y si habla mal de España... es español».



Desde que he nacido me he encontrado con que la historia de mi país me la han contado sus enemigos, haciéndonos creer las falacias y mentiras que inventaron para ganarnos de otro modo que aquél del que no podían, con la fuerza de sus brazos. Pues si la "leyenda negra" fue la primera guerra publicitaria de la historia, llvada a cabo por la desesperación de quienes no podían vencernos en batalla, nosotros mismos hemos llegado a creernos lo que en ella se inventaron. Además, que nuestros méritos fueran ensalzados por ciertos regímenes políticos es un hecho lamentable que sólo sirvió para aumentar más el encono hacia nuestro pasado, y para renegar aún más de nuestros orígenes. Tan sólo ahora, en los últimos años, unos pocos autores están devolviendo nuestra historia al lugar que siempre tuvo que ocupar y del que nunca disfrutó; ahora que el deporte comienza a devolver a nuestra población el orgullo de pertenecer a un país, tan fragmentado y herido de muerte por intereses e interesados, que seguro que más de uno se atreve a ponerme un color político por el mero hecho de usar la palabra orgullo refiriéndome al hecho de pertenecer a él.

Nuestro problema siempre ha sido trabajar con nuestro vecino. Somos demasiado mezquinos y envidiosos como para funcionar como unidad, salvo dentro del campo de batalla, donde siempre ha habido más disciplina en nuestras líneas de la que jamás hemos querido creer. Por el contrario, individualmente o en grupos enlazados por la lealtad de sus miembros, encontramos la grandeza. Y si España alguna vez fue algo (que lo fue, y mucho) fue a pesar de nosotros mismos. Fue gracias a personajes, a menudo anónimos, duros como clavos, resignados y feroces, que pese a ser, a menudo, hundidos y relegados al olvido por sus propios compatriotas, lograron dejar huella de su paso por el mundo. Valgan estos humildes artículos para devolver a muy pocos de ellos a la conciencia de los que vivimos aquí, y al respeto de los que fueron nuestros enemigos.

Por último quiero decir que, por increíbles que parezcan, los hechos narrados en estos artículos no son exageraciones, pues es difícil hallar alguna hacia lo positivo en nuestra historia. Muy a menudo son los datos proporcionados por nuestros mismos enemigos, quienes, de hacer algo, harían lo contrario. Recordemos que sabemos lo que ellos han querido que supiéramos. Algunas cosas que leeréis parecen mentira, pero diversas fuentes, realmente interesadas en que así lo fueran, también los reconocen. Y para empezar con estos capítulos, he elegido a un hombre tremendamente desconocido en la actualidad, pero que en vida gozó de una fama que muchos creyeron imperecedera. Advierto que el post será largo, pero no porque yo me enrolle, sino porque la lista de hazañas es tal, que hacer una relación breve iría en contra de la misma idea de la que se ha partido. Hoy hablaremos de:

Diego García de Paredes


Diego García de Paredes nació en Trujillo (Extremadura) el 30 de marzo de 1468 y falleció en Bolonia, Italia, el 15 de febrero de 1533. Es importante no confundirlo con su hijo y tocayo el conquistador y fundador de la ciudad de Trujillo en Venezuela (Diego García de Paredes 1506-1563). El padre, el protagonista de este artículo fue uno de los hombre más extraordinarios de los que jamás nadie haya tenido noticia, y fue el soldado más conocido de su época en Europa, en un tiempo en el que el continente estaba lleno de hombres de armas conocidos. Su descomunal fuerza física y su temeridad en los combates le valieron el sobrenombre con el que fue más conocido, que fue el de "Hércules" o "El Sansón de Extremadura".

Hijo del noble de origen vallisoletano Sancho Ximénez de Paredes, Diego, ya desde su más tierna infancia, se crió al estruendo de las armas según las ejercitaba su padre, infundiendo este ejercicio «tanta afición en el noble joven y tantos brios en las fuerzas, que con la edad cada día crecían», convirtiéndole desde muy joven en el terror de otros muchachos, pues ya parecía que ninguno podía ganarle. En esta edad en la que se inició en el oficio de las armas, Diego recibió también lecciones de lectura y de escritura, algo bastante atípico dadas sus tendencias militares y al hecho de vivir alejado de la corte.

Se duda de si formó parte en la épica (y para una gran mayoría de nosotros desconocida por resumidísima, Conquista de Granada). Hay historiadores que así lo aseguran, mientras que otros lo niegan, pero lo que sí se sabe es que, una vez muerta su madre, último progenitor que le quedaba vivo, ya libre de lazos familiares y ansioso de vivir aventuras, en el año 1496 marchó hacia Italia. Desembarcó en Nápoles con su hermano bastardo Álvaro de Paredes, pero con la guerra entre Franceses y Españoles recientemente finalizada allí, y hallándose escasos de medios, partieron para Roma, buscando mejores (o peores, según se mire) aires. En la ciudad eterna, por falta de jornal se dedicaron a la llamada ventura de enemigos, oséase buscar duelos a espada por los callejones y suburbios romanos, con las capas, que eran sus prendas más valiosas, como recompensa para el vencedor, que siempre era nuestro esforzado hidalgo. No pareciéndole vida digna de caballero, mediante merced de un familiar clérigo que vivía en Vaticano, Diego consiguió darse a conocer al Papa Alejandro VI. Éste no necesitó mucha carta de presentación, pues tuvo la fortuna de ver una disputa en la que se encontró Paredes, quien rodeado de una comitiva de arrogantes italianos convertidos en enemigos, arrancó un trozo de tubería de una pared, y armado con ella los destrozó, «matando cinco, hiriendo a diez, y dejando a los demás bien maltratados y fuera de combate». Como era lógico, el Papa inmediatamente le nombró guardaespaldas suyo. De ahí pasó a dirigir la guardia Papal, y a capitanear los ejércitos de César Borgia en sus campañas de la Romaña. Muchas fueron sus aventuras en tan complejo escenario y época, pero cabe mencionar que es como capitán de la guardia Papal cuando, interviniendo junto a los ejércitos españoles comandados por el Gran Capitán, capturó al corsario vizcaíno Menaldo Guerra, quien se había apoderado del puerto de Ostia bajo bandera francesa. Allí conoció a su señor y amigo Don Gonzalo Fernández de Córdoba, a quien dedicaremos un futuro artículo. Tras capturar a Menaldo, tomó Montefiascone, (donde dio rienda a sus descomunales fuerzas al arrancar de cuajo las argollas del portón de la fortaleza para dar paso a los ejércitos papales), además de participar en numerosas conquistas en los años siguientes.

Tenemos que entender cómo era físicamente Diego García de Paredes. Un hombre dotado de un tamaño gigantesco y una musculatura descomunal, herramientas muy apropiadas para el oficio que desempeñaba, en una época donde se luchaba con armadura y blandiendo gigantescos montantes, o espadas de dos manos. Sin embargo no era el gigante forzudo y torpón, sino que estaba dotado de una elasticidad y una rapidez admirables, y su genética, temperamento y constante ejercicio le tenían despojado de toda molécula de grasa y convertido más en un atleta de fuerzas inacabables que en un bruto descoordinado. El autor italiano Massimo D'Azeglio nos hace esta descripción tan acertada de Diego García de Paredes en su novela Héctor Fieramosca
  • El español, el hombre más audaz y forzudo de todo el ejército, y acaso de toda Europa, producía la impresión de que la naturaleza, al formarlo, había querido mostrar en él el tipo de hombre de armas, en las cuales tanto más grande era el éxito cuanto mayores la robustez y la fuerza muscular. Su estatura aventajaba en mucho a la de sus compañeros, y en un temperamento como el suyo, de acción incesante, el ejercicio había enjugado sus carnes de toda grasa, dando a sus músculos un tal desarrollo, que su pecho, su espalda y la complexión toda de sus miembros semejaban la de un coloso de la antigua estatutaria, de formas atléticas y bellísimas a un mismo tiempo. El cuello, grueso como el de un toro, sostenía una cabeza pequeña y engallada, coronada en lo alto de la nuca por un penacho de cabellos crespos; su rostro, viril y de expresión firme y decidida, pero sin sombra de jactancia ni de altanería. No faltaba a su aspecto cierta gracia natural, y en sus ojos se leía a las claras la simplicidad de un espíritu leal y lleno de nobleza.
Hay una anécdota que cuenta que, una vez, rondando a una dama sita en su ventana, hallándose molesto por la reja que los separaba, la arrancó de cuajo de la pared que la sostenía. Luego, preocupado por la evidencia que acababa de dejar, para que nadie dudara del honor de su dama, arrancó todas las demás de la calle, a fin de que no se supiera que había sido por ella. Total, nada.
Copiando a la wikipedia, que lo describe perfectamente:
  • Así fue en realidad Diego García de Paredes: un hombre apuesto, de talla gigantesca y fuerzas descomunales, un atleta formado expresamente para la guerra que «alcanzó una fuerza tan singular, que no se halla otro exemplar en la Historia». Sus contemporáneos le tuvieron por un nuevo Sansón, y a lo largo de toda su vida ostentó, además de la fama de valiente, la de hombre de grandes fuerzas y agilidad, así como las virtudes que adornaban a todo buen caballero: devoto cristiano, generoso, cortés, honesto, sincero y leal sin limitaciones; de hecho, el autor anónimo de la Crónica del Gran Capitán, que conoció a Paredes, llega a decir que «era el hombre de más verdad de cuantos yo traté»; sin embargo, tenía un temperamento volcánico, y en ocasiones sentía tan irresistible vigor dentro de sí mismo que se veía atacado de un «humor melancólico», una especie de fiebre durante la cual destrozaba y hacía pedazos cuanto se le ponía por delante, volviéndose extremadamente violento e intratable: «...un humor melancólico que le tomaba muchas veces y venía a salir sí,...le tomaba un género de locura...y tenía el dicho García de Paredes por costumbre dar de puñadas a los que estaban más cerca de sí como hacen los furiosos». Algunos de sus compañeros de armas llegaron a pensar que estaba realmente loco, juzgándole en multitud de ocasiones de temerario, pero la historia demuestra que era un hombre completamente equilibrado que tenía lo que podemos denominar "arrebatos de mal genio", y dada su pujanza arrolladora estos eran desorbitados: «García de Paredes se enfurecía tanto, que parecía frenético, y le notaban de loco». A pesar de este caracter irascible, las crónicas de su tiempo nos dicen que «fuera de este humor era el hombre del mundo más manso, más cortés y bien criado». Existen testimonios de elocuentes intervenciones del extremeño ante sus tropas, de su habilidad táctica e incluso de su aceptable nivel cultural: en el inventario extendido a su muerte en Bolonia figuran varios papeles y memorias «escritos de manos de él», varios documentos legales, fundamentalmente privilegios avalando sus hazañas y libros, entre ellos «La Biblia», «un libro y horas de rezar» o «Los Comentarios de Julio César»; todo esto demuestra que fue un hombre educado, que leía y escribía regularmente, y que estaba al tanto de las corrientes intelectuales de su tiempo.
Vamos, que lo que tenía eran prontos de mal genio, claro que siendo quien era, convenía que no te pillara cerca, o te reventaba de un modo u otro. :D Todo esto es importante que lo entendamos ahora, para que podamos darnos cuenta de las cosas que prosiguen en la narración de su vida, pues su leyenda estaba a punto de comenzar.

Allá por los primeros dos años del siglo XIV, Diego se vió involucrado en otro de sus famosos lances de honor, en este caso un capitán de la guardia de los Borgia, de nombre Césare el romano que le acusó de traidor porque en batalla gritaba lo ánimos propios de la época (ya se sabe, España, cierra, Santiago, cosas así) a la hora de sacudir a los enemigos. Diego, hombre de pundonor altamente susceptible, negó ser traidor y acabaron solucionando las cosas como hombres. Por lo visto, Paredes, tras breve combate, no queriendo darse cuenta de que su enemigo se rendía, lo decapitó, y siendo el recién fraccionado, por lo visto, hombre de cierto peso, este hecho le costó la pérdida del favor papal y su encarcelamiento. Pero a este señor no debía ser fácil retenerlo, pues escapó y se alió con los enemigos de los Borgia, primero con el Duque de Urbino, y luego como condottiero al sevicio de los Colonna. Así son los hechos, narrados sin atisbo de fanfarronería ni inmodestia, sino más bien con la simplicidad marcial de limitarse a relatar los hechos, por el propio García de Paredes, en su autobiografía:

“Saltamos en compañía, siendo yo de guardia, los enemigos me acometieron por dos partes; dímonos tan buena maña con ellos, que se perdieron los más muertos y heridos; y porque peleando con ellos dije “España, España” fui reprendido del capitán Cesaro Romano, diciendo que yo era traidor. Yo le dije que mentía, y fue necesario combatir y Dios me dio victoria y le corté la cabeza, no queriendo entendelle que se rendía. Sabido por el Papa, mandome quitar la compañía porque me prendiesen, y así se hizo y fui preso en la tienda del General; y a media noche aventuré a salirme, tomando de la guardia una alabarda y con ella maté la centinela y salí fuera, y la guarda tras mi hasta la guarda del campo y allí reparé por la mucha gente que venía. El capitán, alborotado, detuvo a la gente con mano armada, no sabiendo por qué fuese yo así a la centinela, demandándome el hombre; yo no se lo supe dar y acometiome y matelo, y así salí fuera del fuerte y fuime al campo del Duque, donde fui bien recibido, aunque la noche pasada había hecho daño en ellos”. 
Finalmente pudo enrolarse con las tropas españolas del Gran Capitán y marchó hacia la ciudad de Cefalonia en Grecia. Agarraos los machos, porque la que lía allí es fina.

Cefalonia había sido arrebatada por los turcos a la república de Venecia. Esta panda de hipócritas, que cuando les convenía se aliaban con los infieles para marchar en contra de los intereses de España, no dudaba, en caso de necesidad de pedir nuestra ayuda en cuanto tenían problemas, que, dicho sea de paso, era muy a menudo. El caso es que marcharon para allá don Gonzalo y don Diego a reconquistarla con sus tropas. Pero la fortaleza de la ciudad estaba en la cresta de un peñón, en un lugar de muy difícil acceso y dura escalada, y además se hallaba defendida por 700 jenízaros, que eran las tropas de élite del imperio Otomano. Durante meses, españoles y venecianos sufrieron todo tipo de desdichas mientras intentaban rendirla, sin demasiado éxito.

Los Otomanos poseían unas máquinas dentro de las murallas que los españoles denominaban lobos. Mediante poleas y garfios esos ingenios agarraban a los soldados, y tras elevarlos, decidían si los despeñaban arrojándolos al vacío, o los llevaban dentro de la fortaleza para apresarlos y ganar rehenes. (Tenemos que tener en cuenta que en aquellos años los sitios a las fortalezas eran comunes y se manejaban muchos parámetros para negociar las rendiciones. A menudo los sitiadores en un plazo breve de tiempo se convertían en sitiados, tras haber conseguido una plaza rendida, y con las tornas invertidas más valía haber sido justo con los previos defensores. Por tanto los prisioneros eran moneda valiosa para conseguir ventajas en caso de tener que rendir el fuerte, o para pedir rescate o intercambiar por hombres propios.) El caso es que estando, como siempre estaba, el hércules extremeño en primera fila peleando, un ingenio de estos consiguió asirlo y levantarlo. Ahí comenzó una prueba de fuerza, pues la máquina intentaba despeñarlo, pero a base de músculo, consiguió permanecer agarrado, ante lo cual, a los jenízaros no les quedó más remedio que llevarlo a intramuros. Diego se descolgó al encontrarse sobre la muralla, y allí comenzó la primera de sus gestas que le llevarían a entrar por pleno derecho en la historia, coincidentemente consignada en las crónicas de su época. Armado de espada y rodela (un muy pequeño escudo circular que se llevaba en una mano y que caracterizó a un tipo de soldados de los primeros Tercios, los rodeleros), sito sobre las almenas, comenzó una violentísima lucha contra los defensores de las murallas. Dándose que la estrechez  del lugar favorecía que sólo se le pudiera atacar en fila (aunque por ambos lados), y que el desenfreno en la lucha del español era incontrolable, sucedió que no sólo mató a los soldados que se encargaban de rematar a los cautivos, sino a los refuerzos que por ellos enviaron. Ola tras ola de los mejores guerreros del imperio de la media luna se estrellaban contra la furia ilimitada de este hombre, cuyas fuerzas parecían aumentar en la dificultad, sin que, de ningún modo, consiguieran rendirle. Poco a poco fue retrocediendo, en una lucha denodada que asombró a todos los que lo presenciaron, incluidos los cronistas de ambos bandos que luego hubieron de relatarlo, hasta llegar a un torreón, donde, viéndose con las espaldas cubiertas, simplemente se abandono al desenfreno de la carnicería que estaba provocando. Los musulmanes, «que muertos muchos perdían la esperanza de sujetarle», sólo pudieron capturarle tras tres días de lucha, cuando la fatiga, el hambre y las necesidades corporales, hicieron que continuar la lucha fuera inviable. El asombro que causó su heroica lucha fue tal que, como muestra de admiración ante semejante coraje, los turcos decidieron perdonarle la vida, con el fin de mejorar sus condiciones en caso de tener que rendir la fortaleza.

Pero parece que, pese a todo lo visto, esta gente no sabía aún con quién estaban tratando. Una vez repuestas las fuerzas, Diego esperó a que el Gran Capitán ordenase el asalto definitivo y cuando éste tuvo lugar, arrancó las cadenas de la pared, echó abajo la puerta de su calabozo y tras matar a los guardias, cogió sus armas e inició él mismo otro frente de ataque desde dentro, haciendo «tal estrago en los turcos que despedazó tantos como el ejército había acabado».

La verdadera leyenda de García de Paredes tuvo comienzo en Cefalonia. La increíble hazaña, presenciada por todos, de un hombre resistiendo en solitario tres días de denodado combate contra toda una guarnición de jenízaros, no pudo caer en el olvido, y su hazaña se comparó con las gestas de los héroes clásicos. Fue a partir de aquí donde se le comenzó a conocer con el nombre de "Hércules" y "Sansón" de Extremadura.

A su vuelta de Grecia, volvió a ser admitido en los ejércitos papales, y acabó siendo coronel de César Borgia, tal era la fama que había alcanzado en la batalla, y a nadie defraudó. Fueron muy numerosas sus nuevas victorias, escribiéndose de él:  «un hombre de armas español de los del Duque, varón de muy gran fortaleza y ánimo, al cual llamaban Diego García de Paredes...arremetió como un león denodado con su espada y lanzose en medio de las fuerzas de los enemigos dando voces...haciendo cosas dignas de eterna memoria». No obstante, cuando a finales de 1501 comenzó la segunda guerra de Nápoles entre Fernando el Católico y Luis XII de Francia, abandonó inmediatamente Roma para alistarse junto a las huestes del Gran Capitán. Y fue en esta guerra donde Diego alcanzó su verdadero apogeo como soldado, haciendo tales méritos y matando tantos soldados, que los franceses «lo temían por hazañas y grandes cosas que hacía y acometía», aumentando aún más su leyenda por toda Europa.

«De Diego García de Paredes ni palabras bastan para lo contar, ni razones para lo dar a entender. Traía una grande alabarda, que partía por medio al francés que una vez alcanzaba, y todos le dejaban desembarazado el camino...Daba voces a todos que pasasen al real de los franceses...A dos artilleros partió por medio Diego García hasta los dientes, de que el Marqués estaba espantado...y comenzó a huir en uno de los cincuenta caballos que de Mantua habían traído».

En estos días, sus méritos como duelista añadieron aún más fama a la aureola que ya brillaba en su cabeza. García de Paredes, hombre de sentido del honor llevado a su límite, tuvo a lo largo de su vida, numerosísimos duelos, de los que, sin necesidad de aclaración, siempre salió invicto. Sus pendencias abarcaban desde peleas en tabernas con el rufián que cometiera el error de cruzarse en su camino, hasta duelos concertados con figuras de alta importancia, realizados ante notarios, y con príncipes y generales como testigos. Era entonces la época de los desafíos. Hay que entender que el escenario en el que nos encontramos es justo el del final de la edad media, donde los lances y torneos se encontraban en su máximo cénit, y donde el sentido de la caballerosidad y el honor se limpiaba con la sangre de los que se atrevieran a mancillarlos. Durante el encierro del ejército español en Barletta, dada la enorme superioridad numérica francesa durante la guerra de Nápoles, el extremeño se estuvo batiendo en duelo durante más de sesenta días en liza abierta con caballeros franceses, quienes llegaron a esquivar las contiendas, a faltar a ellas o a responder que de ejército a ejército se verían en el campo de batalla. Diego García de Paredes jamás sufrió la afrenta de verse vencido, fue un consumado especialista en todo tipo de lances, resultando imbatible para todos sus adversarios, como asegura, entre otros, el reconocido doctor cacereño Juan Sorapán de Rieros, quien afirma que Paredes sostuvo más de trescientos duelos sin ser derrotado:

«En desafíos particulares, con los más valientes de todas las naciones extrañas, mató sólo por su persona, en diversas veces más de trescientos hombres, sin jamás ser vencido, antes dio honra a toda la nación española»



Sin embargo es, tras la increíble batalla de Ceriñola (1503), en los días previos a la batalla de Garellano, ese mismo año, cuando García de Paredes conseguirá entrar en el panteón de los más grandes héroes habidos, en un «hecho tan verdadero, como al parecer increíble», que «acreditó tanto la fama de Diego García, que aún a la posteridad dejó la memoria de aquél tiempo». Preso de la ira en uno de sus "humores melancólicos" provocado por, al parecer, un injusto reproche del Gran Capitán, agarró un montante (espada pesadísima de dos manos) y se dispuso en el puente del río Garellano frente a todo un destacamento francés. La cifra que se menciona es de 2000 hombres, cifra que puede parecer exagerada, pero que es aceptada por los historiadores José Vargas Ponce y Miguel Muñoz de San Pedro. Don Diego, utilizando su poderosa musculatura para blandir el gigantesco mandoble con extrema rapidez, comenzó una descomunal carnicería contra las tropas enemigas, que dada la estrechez del paso, sólo podían acometerle de uno en uno. Los cuerpos se fueron amontonando frente a este hombre irreductible e infatigable, que aguantaba oleada tras oleada sin mover un paso atrás. Las palabras del Gonzalo de Córdoba le quemaban en su interior, generándole una furia incontenible que sólo podía ser saciada con más y más sangre.  «Con la espada de dos manos que tenía se metió entre ellos, y peleando como un bravo león, empezó de hacer tales pruebas de su persona, que nunca las hicieron mayores en su tiempo Héctor y Julio César, Alejandro Magno ni otros antiguos valerosos capitanes, pareciendo verdaderamente otro Horacio en su denuedo y animosidad» Ni franceses ni españoles daban crédito a lo que estaban viendo: un hombre, cubierto en sangre, manejando una enorme hoja a modo de guadaña, cercenando a cada tajo a la flor y nata de los ejércitos francos, que se empujaban y amontonaban intentando atacarle. Ante sus tremendos golpes, muchos soldados salían despedidos y caían a las aguas, donde sus pesadas corazas tiraban de ellos hacia el fondo, ahogándose muchos. Estaba claro que don Diego pugnaba por cruzar el puente y llegar al otro lado, en el descabalado intento de luchar contra todos en campo abierto.

Las tropas españolas, incómodas de ver a uno solo de sus compañeros enfrentándose en tamaño combate, pese a su considerable inferioridad numérica, se apuntaron a la fiesta. Y he aquí que el humor melancólico de Diego García se convirtió en una terrible escaramuza en la que, finalmente, dado su escaso número y la presión de la artillería enemiga, los españoles tuvieron que retirarse, siendo el último, claro está, el Hércules, que tuvo que ser severamente «amonestado de sus amigos, que mirase su notorio peligro», cuya furia y sed de sangre aún no estaban suficientemente saciadas; «por su fuerza y valor salió del poder de los franceses, que aquél día le pusieron en muy gran peligro la vida, y cierto nuestro Señor le quiso favorecer y guardar aquél día en particular...librándole Dios su persona de peligro»; «Túvose por género de milagro, que siendo tantos los golpes que dieron en Diego García de Paredes los enemigos...saliese sin lesión».

Tanto las Crónicas del Gran Capitán como el historiador  Tomás Tamayo de Vargas manejan la cifra de 500 muertos, entre caídos a mano de su montante o ahogados en el río por huírle; cifra aparentemente exagerada, pero corroborada por numerosos testigos.

Diego García de Paredes, que gozaba ya de fama internacional, dadas su fuerza, destreza y valentía, llegó a unas cotas de popularidad en toda Europa, muy difíciles de igualar.


El 11 de Febrero de 1504 terminaba oficialmente la guerra en Italia. Victoria aplastante de España sobre Francia, merced al insuperable genio estratégico del Gran Capitán y al valor de sus soldados. Nápoles pasó a la corona española, y Diego García fue nombrado marqués de Colonetta (Italia), como parte del agradecimiento que Don Gonzalo Fernández de Córdoba, ahora virrey con amplios poderes, profesaba a los hombres que junto a él lucharon. Paredes volvió a España convertido en un héroe que resultaba aclamado a cada paso, y sin embargo fue a enfrentarse al único campo de batalla que no conocía como su mano: el de las intrigas palaciegas. Don Gonzalo, tras sus increíbles hazañas militares, como no podía ser menos, había caído en desgracia en la corte real española, presa de la envidia y la mezquindad de los envidiosos nobles que se hallaban seguros en palacio. El Gran Capitán, que hasta entonces toda su vida había gozado del favor real, en especial de la Reina Isabel (a quien salvó la vida peleando), pero también de su marido, el Rey Fernando, se encontró con su nombre en entredicho, y con su fidelidad a la corona puesta en duda. Pero con lo que no contaban los intrigantes era con la lealtad sin límites de su fiel García de Paredes, quien defendía públicamente su nombre, ahora que todos evitaban ser relacionados con él, llegando a desafiar a quien mal dijera de sus señor don Gonzalo. El desafío, obviamente, no fue aceptado por nadie. Citando una vez más a wikipedia:
  • En cierta ocasión, mientras los nobles esperaban a que Fernando el Católico terminase sus oraciones, entró Paredes de forma súbita en la estancia, quien hincado de rodillas dijo: «Suplico a V.A. deje de rezar y me oiga delante de estos señores, caballeros y capitanes que aquí están y hasta que no acabe mi razonamiento no me interrumpa». Todos quedaron asombrados, expectantes ante la posible reacción del Monarca por semejante osadía, pero Paredes prosiguió: «Yo, señor he sido informado que en esta sala están personas que han dicho a V.A. mal del Gran Capitán, en perjuicio de su honra. Yo digo así: que si hubiese persona que afirme o dijere que el Gran Capitán, ha jamás dicho ni hecho, ni le ha pasado por pensamiento hacer cosa en daño a vuestro servicio, que me batiré de mi persona a la suya y si fueren dos o tres, hasta cuatro, me batiré con todos cuatro, o uno a uno tras otro, a fe de Dios de tan mezquina intención contra la misma verdad y desde aquí los desafío, a todos o a cualquiera de ellos»; y remató su airado y desconcertante discurso arrojando un sombrero (otras versiones dicen que fue un guante) en señal de desafío. Fernando el Católico por toda respuesta le dijo: «Esperad señor que poco me falta para acabar de rezar lo que soy obligado». El Rey permaneció unos instantes en silencio, dando lugar a que los difamadores dieran un paso al frente y defendieran su honor desmintiendo las acusaciones de Paredes; sin embargo, ninguno de los allí presentes se arriesgó a romper el tenso silencio del ambiente y enfrentarse al Sansón extremeño: García de Paredes decía la verdad, había ganado una vez más. Después de concluir sus oraciones, el Monarca se acercó a Paredes y colocando sus manos sobre los hombros de Diego, le dijo: «Bien se yo que donde vos estuviéredes y el Gran Capitán, vuestro señor, que tendré yo seguras las espaldas. Tomad vuestro chapeo, pues habéis hecho el deber que los amigos de vuestra calidad suelen hacer»; y Fernando el Católico, sólo él, porque nadie se atrevió a tocarlo, hizo entrega a Paredes del sombrero arrojado en señal de desafío. Cuando el incidente llegó a oídos del Gran Capitán, éste selló una amistad inquebrantable con aquél que le había defendido públicamente exponiéndose a la ira de un Rey.
Sin embargo, en 1507, Diego perdió definitivamente la fe en su rey, cuando éste, para satisfacer a los nobles, le retiró el marquesado de Colonetta, sumado a su desprecio por las injusticias y la ingratitud para quienes habían derramado su sangre en Italia en favor del reino. Incómodo y agravado en España, su espíritu de aventuras necesitaba una vez más de la acción y a su vez de las enormes soledades que el mar le ofrecía, lo que le llevó esta vez a enrolarse como pirata. Financiado por Juan de Lanuza, seleccionó compañeros entre sus antiguos camaradas, y mandó armar carabelas en Sicilia y pirateó a lo largo de todo el Mediterráneo. «Púsose como cosario a ropa de todo navegante: y comenzaron a hacer mucho daño en las costa del reino de Nápoles, y de Sicilia: y después pasaron a Levante: y hubieron muy grandes, y notables presas de cristianos, e infieles» La mar y sus aventuras consolaron a su espíritu indomable, pero llegó a tener precio puesto a su cabeza, y fletaron galeras para darle presa, lo que casi consiguieron en Cerdeña, pues su temeridad y sus correrías fueron el terror de franceses y berberiscos.

Pero, obviamente, el sueño aventurero de independencia no podía durar mucho, y a finales de 1508 el ejército de España se preparaba para una gran empresa histórica: la conquista del norte de África. Tras la toma de Mers-el-Kebir (Mazalquivir) en 1505, en la que Diego ya había participado, el cardenal Cisneros soñaba con proseguir la cruzada contra el Islam en África, alcanzar Jerusalén y recuperar los Santos Lugares. Fernando el Católico compartía el mismo sueño, y ambos sentaron las bases de esta cruzada con las Capitulaciones de Alcalá de Henares, firmadas el 11 de Julio de 1508, por las que se disponía la conquista de Orán. Ahora como un simple soldado de Cristo, tras recibir el perdón Real, Paredes tomó parte en la Cruzada de Cisneros en tierras africanas, participando en 1509 en el asedio de Orán, comandado por el tremendo Pedro Navarro, otro de los hombres de confianza del Gran Capitán.

Tras ello regresó a Italia, donde un elemento del valor y la fama de Paredes no podía pasar desapercibido a los ojos del Emperador de Alemania, que buscaba reunir un ejército para intervenir en Italia por las posesiones de la República de Venecia, e ingresó en las fuerzas Imperiales de Maximiliano I como Maestre de Campo de la infantería española. Sin embargo, la invasión fue rechazada y la empresa no llegó a rematarse, aunque sirvió para que el capitán español lograra nuevos laureles heroicos ganando Ponte di Brentaera, el castillo de Este, la fortaleza de Monselices y cubriendo la retirada del ejército Imperial.

En 1510 marchó de nuevo a África con el ejército español y participó una vez más bajo las órdenes de Pedro Navarro (otro héroe que sólo conoció la ingratitud de España y acabó prestando lealtad a Francia) en los asedios de Bugía y Trípoli, además de lograr el vasallaje a la Corona de Argel y Túnez. Regresó a Italia, incorporándose nuevamente al ejército del Emperador, y defendió heroicamente Verona, desahuciada por las fuerzas Imperiales. El Sansón de España era ya una leyenda viva en toda Europa y fue nombrado Coronel de la Liga Santa al servicio del Papa Julio II, luchando en 1512 en la batalla de Rávena, donde murió su hermano, Álvaro de Paredes (La infantería española, comandada por Diego y el coronel Cristóbal Zamudio, logró retirarse con honra en medio de la masacre), y en la Batalla de Vicenza o Creazzo, 1513, donde quedó aniquilado el ejército de la República de Venecia. En la enumeración de las proezas que los capitanes españoles hicieron en esta memorable jornada, a Diego García de Paredes le correspondieron estos épicos elogios por parte del poeta y dramaturgo contemporáneo Bartolomé Torres Naharro:

Mas venía
Tras aquél, con gran porfía,
Los ojos encarnizados,
El león Diego García,
La prima de los soldados;
Porque luego
Comenzó tan sin sosiego
Y atales golpes mandaba,
Que salía el vivo fuego
De las armas que encontraba;
Tal salió,
Que por doquier que pasó
Quitando a muchos la vida,
Toda la tierra quedó
De roja sangre teñida.


En el invierno de 1520 peregrinó a Santiago de Compostela en la escolta del Emperador Carlos V, permaneció en Trujillo durante la Guerra de las Comunidades y a mediados de 1521 se incorporó como coronel al ejército de España en la Guerra de Navarra, destacando en la Batalla de Noáin («En este triunfo, sucedido a último de Junio, fue la parte mayor aquél invencible Extremeño Diego García de Paredes; cuyo nombre excede cualquier elogio»), así como en la Batalla de San Marcial, asedio al Castillo de Maya y asedio de la fortaleza de Fuenterrabía.

De regreso a Extremadura, el veterano héroe sintió una profunda soledad tras su fracaso matrimonial (se había casado en 1517 con María de Sotomayor) y vivió en paz desde 1526 hasta 1529, cuando abandonó definitivamente Trujillo y viajó por toda Europa en el séquito Imperial de Carlos V, gran admirador del legendario guerrero, quien le nombró Caballero de la Espuela Dorada, sirviendo en Alemania, Flandes, Austria (marchó a socorrer Viena en 1532, asediada por Solimán el Magnífico) y finalmente Hungría.

En el año de 1533, encontrándose en Bolonia para asistir a una conferencia entre Carlos V y el Papa Clemente VII, habiendo regresado de hacer frente a los turcos en el Danubio, García de Paredes halló la muerte al caerse de su caballo jugando con unos niños a un juego infantil. Aquel héroe, invicto en cientos de duelos, que había salido vivo de innumerables batallas y asedios, que había buscado la muerte todos los días de su vida en incontables peligros, encontró su fin de la manera más inocente e inesperada. Él mismo, en su lecho de muerte, consideró ironía que así Dios quisiera llevarle a su lado, pero, personalmente, considero que fue la mejor manera que tuvo de morir. El Todopoderoso quiso que falleciera invicto, que ningún enemigo, frente a frente o a traición, pudiera matarle. Don Diego pudo irse a la tumba sabiendo que fue el mejor entre los mejores, y que pese a haber sido herido innumerables veces y tener su cuerpo cubierto de cicatrices, nadie pudo vencerle ni llevarse tal mérito.

Antes de morir, en lecho, dejó relación de su vida en la «Breve suma de la vida y hechos de Diego García de Paredes», escrita para que sus hijo pudieran saber a qué debían dar cuentas y qué nombre e historia debían defender. Hoy se puede leer incluso por internet.

Sobre él escribieron quienes le conocieron y quienes sobre él estudiaron o hablaron con sus contemporáneos:

Ambrosio de Morales (1513 – 1591), humanista e historiador:
«...hombre de tan grande ánimo y tan terribles fuerzas que no se puede bien juzgar cuál era mayor, su esfuerzo en acometer grandes hechos ó la fuerza y vigor en acabarlos»
Gonzalo Fernández de Oviedo (1478 - 1557), escritor y cronista:
«...porque le vi, e hablé, e conocí muy bien...fue en nuestros tiempos uno de los valientes caballeros por su persona, a pie y a caballo, que hubo en toda Europa, entre los cristianos...Era de grandes fuerças, e muy diestro en toda manera de armas, e muy venturoso en el exercicio dellas...era muy estimado e famoso milite»
Luis Zapata de Chaves (1526 – 1598), escritor español:
«...el famoso Diego García de Paredes, Héctor ó Aquiles de España»

«...valentísimo caballero y de grandísimas fuerzas»
Jerónimo Jiménez de Urrea (1510 – 1573), militar y escritor:
«Del que vence por la pura fuerza del brazo, digno es de mucha honra. Mirad cuánta ganó en las guerras Diego García de Paredes por aquellos golpes desmesurados que daba»
Carlos V, privilegio concedido en 1530 a Diego García de Paredes alabando sus hazañas:
«...ilustres hazañas vuestras que con vuestro sumo valor habéis hecho, así en España, como en Italia, mostrándoos tal en todas las batallas y rompimientos que habéis sido espanto y asombro de vuestros enemigos, y amparo y defensa de los nuestros»
Jerónimo Zurita (1512 – 1580), historiador español:
«El muy esforzado caballero, y extrañamente valiente Diego García de Paredes...fue el que siempre se adelantó entre todos de tan animoso, y esforzado, que se conoció en él que nunca supo temer: y después por los notables hechos de su persona, fue estimado su nombre, y conocido en toda Italia, y en la mayor parte de Europa»
Fernando de Herrera (1534 – 1597), escritor español del Siglo de Oro:
«¿Quién puede esperar comparación con las robustas i terribles fuerzas i ánimo nunca espantado i siempre sin algún temor de Diego García de Paredes?»
Bernal Díaz del Castillo (1496 - 1584), cronista de Indias:
«...aquel valiente, nunca vencido caballero Diego García de Paredes»
Francisco Diego de Sayas (1598-1678), historiador español:
«...el invencible Diego García de Paredes...el osadísimo y fuerte brazo de aquel Hércules extremeño...»
Tomás Tamayo de Vargas (1589 - 1641), historiador, bibliógrafo, polígrafo y erudito español:

«Nacido solo para el espanto de sus siglos en los combates particulares, en las temeridades,...en la venganza de todas las injurias, en la infatigabilidad del cuerpo, y en el ánimo, que jamás tuvo pavor»
La fama de Diego como guerrero fue tal, que Miguel de Cervantes inmortalizó sus hazañas en su obra universal, El Quijote:
Un Viriato tuvo Lusitania; un César Roma; un Aníbal Cartago; un Alejandro Grecia; un Conde Fernán González Castilla; un Cid Valencia; un Gonzalo Fernández Andalucía; un Diego García de Paredes Extremadura...
Y este Diego García de Paredes fue un principal caballero, natural de la ciudad de Trujillo, en Extremadura, valentísimo soldado, y de tantas fuerzas naturales, que detenía con un dedo una rueda de molino en la mitad de su furia, y puesto con un montante en la entrada de un puente, detuvo a todo un innumerable ejército que no pasase por ella, e hizo otras tales cosas, que si como él las cuenta y escribe él asimismo con la modestia de caballero y de cronista propio, las escribiera otro libre desapasionado, pusieran en olvido las de los Héctores, Aquiles y Roldanes.
No había tierra en todo el orbe que no hubiese visto, ni batalla donde no se hubiese hallado; había muerto más moros que tiene Marruecos y Túnez, y entrado en más singulares desafíos, según él decía, que Gante y Luna, Diego García de Paredes y otros mil que nombraba...

 No creo que sea exagerado imaginárnoslo así.

Todas estas historias nos resultan increíbles, la más elemental y pura lógica nos lleva a rechazarlas; sin embargo, las pruebas indudables que dio García de Paredes, recogidas por la más veraz historia, de su arrolladora potencia muscular, nos abren una interrogante dubitativa que concede margen a la posibilidad de un fondo verdadero indudable; de la misma manera, disponemos de documentos históricos totalmente serios que nos cuentan hazañas de García de Paredes, tanto verosímiles como increíbles.

La figura heroica de Diego García de Paredes no necesita de la exageración para ser admirado como personaje de renombre universal dentro de la historia. «Increíbles parecerían los hechos de este capitán, verdadero tipo del soldado español, fuerte en la batalla, áspero en su trato, desdeñoso con los cortesanos, si no estuviesen consignados en las crónicas é historias de aquella época». Su sepulcro de Santa María la Mayor, en Trujillo, tiene un largo epitafio en latín, grabado en letras capitales, cuya traducción es la siguiente:
A Diego García de Paredes, noble español, coronel de los ejércitos del emperador Carlos V, el cual desde su primera edad se ejercitó siempre honesto en la milicia y en los campamentos con gran reputación e integridad; no se reconoció segundo en fortaleza, grandeza de ánimo ni en hechos gloriosos; venció muchas veces a sus enemigos en singular batalla y jamás él lo fue de ninguno, no encontró igual y vivió siempre del mismo tenor como esforzado y excelente capitán. Murió este varón, religiosísimo y cristianísimo, al volver lleno de gloria de la guerra contra los turcos en Bolonia, en las calendas de febrero, a los sesenta y cuatro años de edad. Esteban Gabriel, Cardenal Baronio, puso este laude piadosamente dedicado al meritísimo amigo el año 1533, y sus huesos los extrajo el Padre Ramírez de Mesa, de orden del señor Sancho de Paredes, hijo del dicho Diego García, en día 3 de las calendas de octubre, y los colocó fielmente en este lugar en 1545.
 Amén.

(muchas partes copiadas directamente del fabuloso y extensísimo artículo sobre Diego García de Paredes en wikipedia, difícil de superar en cuanto a datos y excelente prosa. Considérome, por tanto, mero transmisor de ello. Confío en que los pocos que hayan llegado al final, lo hayan disfrutado... Gracias a todos)

Igor.











14 comentarios:

  1. Me ha gustado el título de la serie: "Cojonazos de leyenda" :-))

    Deseando leer más :-))

    Un abrazo.

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  2. Genial artículo y muy necesaria sección, gran trabajo.

    Tengo la sensación de que la vida de Don Diego no desmerecería entre los relatos de Burroughs o Howard.

    Por cierto, ¿de dónde sale la ilustración del soldado que porta una maza? Me gusta mucho.

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    1. Hola, muchas gracias por tu comentario.

      Efectivamente hay personajes que exceden lo que nos creeríamos en cualquier cómic o novela de aventuras. No obstante, no me extrañaría que ambos pudieran haberse inspirado en algún cojonazos épico para crear a los suyos. En especial Howard.

      La ilustración a la que te refieres (magistral), es de Enric Sió, para la colección "Grandes Héroes" de Planeta. Irónicamente solía verla de niño impresa en las contraportadas de mis Super-Conan... ;)

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    2. Curiosa coincidencia, muchas gracias por el dato, no conocía al dibujante.

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  3. Merecidísimo post, sí señor.
    Lo de los tres días luchando (presupongo que con sus noches) me parece realmente sobrehumano, cualquiera que haya agarrado una espada de esas, más el peso de la armadura... a los 20 minutos de plena acción cualquiera queda sin aliento.

    Menudo titán.

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    1. Lo de García de Paredes es de orinarse. Lo increíble es que he tenido que QUITAR datos por la longitud del post!! Que tiene muchas y más... Menudo animalito (de bellota, que era extremeño). Lo del castillo con los jenízaros no tiene nombre. Me encanta que dirigiera (y protagonizara) un ataque interno simultáneo cuando hacen el asalto final... :D

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  4. Buen articulo. Visite hace años, influenciado durante años por los relatos familiares, la iglesia donde se encuentra la sepultura de don Diego, en la misma iglesia tambien esta la pila de agua bendita a la que hace referencia la historia, si fuera cierta dicha anecdota, ese hombre no era humano. Desde niño he escuchado estas narraciones y todavia dudo de su veracidad. Quiza esten exageradas en algunos casos, o tal vez no, pues hay diferentes historiadores y escritores que confirman que todo lo dicho ocurrio realmente, incluido Cervantes. Sea como fuere es motivo de ejemplo y orgullo patrio. Ademas por lo que a mi concierne me siento doblemente orgulloso al pertenecer a este linaje (por linea materna. Desgraciadamente con ella desaparece el apellido Garcia de Paredes en esta linea familiar al llevarlo ella en segundo lugar), y por otro lado me alegra y es motivo de agradecimiento , que haya personas como Igor que den a conocer una parte de nuestra historia que ha pasado casi desapercibida de forma inconcebible. Maxime cuando en su epoca era admirado en toda Europa.

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    1. Estimado Arestyr, primero, pedirte disculpas por la larga, larguísima tardanza de la espera, pero la mayoría de estos comentarios me habían pasado desapercibidos. Segundo agradecerte que nos leas y comentes.
      Parece ser que sí que lo que se cuenta de él fue cierto, principalmente porque son los mismos enemigos quienes de ello hablan, quienes estarían más interesados en minimizar y ocultar, que en exagerar y alabar. Por otra parte, no es mal antepasado para tener en el árbol genealógico... ;)

      Si te interesa el tema, muy próximamente publicaré un artículo sobre la leyenda negra y el porqué nos creemos sus mentiras, que puede que te guste. Permanezca en sintonía... ;)

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  5. El puto Conan español, ¡y de mi pueblo! Un auténtico superhéroe.

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    1. Vicente, Conan era un mariquita al lado de éste. Si en un Conan ponen las que nuestro amigo hacía, la gente no los compraría por exagerar... ;)

      Viva extremadura, coño! ;)

      Un saludo y gracias por leernos.

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  6. Primero, hola, me llamo Sebastián Andrés Paredes Prada, soy venezolano y tengo 13 años. Quiero escribir esto porque a base de, investigaciones y deducciones por cosas familiares desde 4to grado, supuse que soy pariente de Diego García de Paredes, padre e hijo. ¿Por qué? Repasando la historia de Diego García, hijo, veo que el fundó una ciudad, en mi país, llamada Trujillo; la cual es un estado, y mis bisabuelos son de ese lugar, Trujillo. Además, veo que su historia es interesante y tengo mucho parecido con ello. ¿Creen que sea familiar de ambos? Un saludo.

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    1. Saludos, Sebastián. Gracias por leernos! Mira, uno de los comentarios anteriores es de alguien que también dice ser antepasado por parte de madre, y parece tener un buen conocimiento de la línea genealógica. Deberías preguntarle a él.

      Por otra parte, si tus bisabuelos son de Trujillo, no sé... todo es posible, no?

      Saludos desde España!

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  7. Tengo hecho un estudio genealógico de la familia Garcia de Paredes tanto descendientes directos como de diversas ramas actuales
    Al que le interese me puede escribir a xurelin@hotmail.com. Gracias

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