El silencio de Beethoven

Por Igor Yglesias-Palomar.




La raza humana apesta. Ésta es una declaración muy triste proviniendo de uno de sus miembros. Al menos eso es lo que me gusta hacer creer a los que me rodean, pues son legión y no conviene que sepan mis verdaderos orígenes. Ahora, fuera de bromas, va en serio: la raza humana apesta. Nadie que haya vivido más de 5 minutos en este planeta debería
sorprenderse de esta declaración, y me consta que para llegar a leer esto, querido lector, llevas viviendo más que eso. Además, si no, no estarías entre mis amigos, pues tengo ya mis treintaymuchos palos, y está mal visto socialmente que me haga amigo de bebés. Vale, todos sabemos de sobra que nuestra especie da asco. Pero por el bien de nuestra salud mental, lo cierto es que tenemos, por lo general, una notable capacidad de mirar para otro lado e ignorar tal verdad. Incluso por lo que veo a diario en cualquier red social, hay un grado de, no sé si llamarlo optimismo o inocencia, según la cual la gente, abrumada por la enorme cantidad de problemas que nos rodea, aún cree que se puede cambiar algo sobre cualquier aspecto. Como si al final las ideas dictadas por tal o cual partido político, agrupación, religión o lo que diantres mueva las entrañas de cada uno, no estuvieran finalmente llevadas a cabo por personas, por humanos, que finalmente busquen, como todo hijo de vecino, su propio bien y el de los suyos, por encima de cualquier ética, moral o doctrina. O por su propia idiocia, perturbaciones, deseos secretos e incapacidades. Todos conocemos la idea de que todo poder corrompe, y es más, para el que se haya tomado la molestia de buscarlo (o simplemente de recordar), la historia nos muestra sistemáticamente cómo, da igual el lugar, momento, sistema o ideología, todo el que tiene un mínimo poder sobre algo acaba "barriendo para casa" y decepcionando, o peor aún, puteando, a todo el resto de la humanidad a la que le importe un carajo.

Vale, no vamos a llorar por eso. Ya lo sabíamos, por mucho que nos aletargue los sentidos y el númen la feliz idea de creer que nuestro bando, nuestra ideología es la buena en contra de la de "los otros", que misteriosamente es siempre ineficaz y traicionera. Que lo que decía nuestra entrañable abuelita sobre quiénes eran "los malos" era escrupulosamente cierto, al contrario que lo que decía la, pese a todo también entrañable, abuelita de nuestro compañero de pupitre, que resulta que opinaba exactamente lo opuesto. Pero más allá de eso, de ideologías, de políticos, de corrupciones, de paros, de crisis, de todo eso con lo que nos desayunamos cada mañana (en mi caso con el telediario de las 3 de la tarde, que es cuando desayuno), hay todavía aspectos más terroríficos e inquietantes en nuestra raza. Ya sabemos que hay guerras. Siempre las ha habido y, por mucho que queramos, siempre las habrá. Forma parte del fascinante concepto de "un grupo de seres humanos al lado de otro". Ya sabemos que hay muerte, miseria, indiferencia. Pero no me refiero a eso; hay algo peor. Algo en algunos de nosotros que da mucho miedo. Y que está presente por todas partes, por mucho que ahora nuestro deporte favorito sea denostar nuestra vieja cultura occidental y acusarla de ser el origen de los males del planeta. Y ese aspecto más terrorífico se da no sólo entre "buenos" y "malos", sino que existe en toda variedad de tamaños y formas, desde colectivos hasta individuales. Hay campos de exterminio nazis, gulags, hiroshimas, manchurias, armenias, sierras leonas... No nos confundamos. El judío que era masacrado por el alemán, en un intento por hacerle desaparecer, ahora no tiene problemas en partirle los brazos y las piernas a un palestino. El ruso que luchó por "liberar" a los judíos, casi consigue terminar el trabajo del alemán. Menos mal que los salvaron los americanos, que de paso irradiaron un poco a los pobres japoneses. Claro que los chinos a los que torturaba el escuadrón 731 en manchuria no consideraban "pobres japoneses" a los que les hacían todo tipo de perrerías. Seguramente así recordaban a lo que les hiceron ellos a los coreanos y... en fin, que es un no parar. Lo dicho, amigos. Apestamos. Claro que siempre ha habido Mengeles, Kim Jung Il's, Jemeres rojos y -elíjase nombre de genocida africano al gusto-. La única diferencia es que ahora nos llegan las noticias mejor que antes. ¡Pero no hace falta llegar a un nivel "institucional", si los tenemos a pie de calle! Hay Chikatilos, Ted Bundys, Charles Mansons... Tenemos a la gente esta estupenda que mató a las pobres niñas de Alcácer, satanás acoja en su gloria a los autores, el tipo éste, salao, vienés, que tenía a su hija encerrada en un sótano durante nosecuantosmil años, violándola y teniendo hijos/nietos de una tacada, o a nuestro querido de Juana Chaos... En fin, la lista es infinita. No hace falta más que informarse un poco de los instrumentos de tortura inquisitoriales para darse cuenta de lo enfermos que estamos. Y eso, si somos tan inocentes como para pensar que la tortura es algo que forma parte del pasado. De hecho, el sólo concepto de tortura es algo por lo que un ser humano normal debería dejar de dormir plácidamente durante una temporadita. Conclusión: el ser humano apesta. Todos de acuerdo, ¿no?

Sin embargo, sería injusto juzgar a la raza humana sólo por eso. Parafraseando al gran Carl Sagan, somos una especie curiosa, capaz de los sueños más hermosos y de las peores pesadillas. Sí... podría citar muchas excepciones, pero como suelo decir, tenemos todo eso y.... a Beethoven. Sí, señores, sí. Elijo a Ludwig como adalid de la raza humana. Él solo es capaz de defender a toda nuestra especie. ¡Y de qué manera!

Lo sé. Es un poco cliché. El himno de la alegría y bla, bla, bla... Pero no, creedme: Beethoven basta. No estamos hablando de un tipo cualquiera. Ni siquiera de un genio cualquiera. Estamos hablando quizás de uno de los mejores seres humanos que este planeta ha visto nacer. Y han sido muchos -y si no, fijaos en el caso del inventor de los phoskitos-. Yo lo llevo sabiendo toda la vida. Me cuesta recordar cuándo este hombre empezó a demostrarme que hay otra parte: la de la belleza en su grado sumo, que nos llena, inspira y alienta. La de hacer las cosas hermosas por el simple hecho de lograr que este mundo sea un lugar un poco mejor (o mucho, en su caso). La de cómo conseguir que cuanto más te putee la vida, tanto más divina pueda ser tu manera de responderle. La de haz las cosas bien, que para hacerlas mal ya están los demás.

Beethoven


Vivimos en un mundo de iconos. Desde niños nos enseñan a quiénes tendremos que considerar como genios durante toda nuestra existencia y a quiénes no. No importa que no entiendas un carajo de lo que dijo Einstein, que te aburras soberanamente leyendo Platero y Yo, que te parezca un tostón un cuarteto de Mozart o que te plantees por qué coño sale Miró en todos los libros de historia del Arte. Son genios. Y Beethoven es uno de ellos, como lo es Mariscal. Bueno, éste quizás no, pero Beethoven sí. Todos hemos, como mínimo, escuchado el final de su 9ª, o el inicio de su 5ª. Hasta nos han estragado un poco con su "Para Elisa". Y no nos resulta ajeno del todo el por qué se le ha puesto donde se le ha puesto. Incluso hasta todos sabemos que era sordo. Como Goya. Lo malo es que Beethoven era músico y Goya pintor. Vamos, como si Goya fuera ciego y resulta que pintara. Y no garabatos, sino quizás los mejores cuadros que se hayan pintado en la historia de la humanidad. Eso nos haría entender un poco mejor de lo que estamos hablando. Y eso que un servidor, adoleciendo como adolece de una formación musical, como diría Tarantino, está a mil putas millas de entender de lo que estamos hablando.

Una vez leí que el genio de Beethoven se resumía fácilmente en el hecho de que logró montar un movimiento sinfónico pleno a partir de cuatro notas, siendo tres de ellas la misma. No está mal como resumen. Consolidador del pianoforte como instrumento, considerado uno de los 3 mejores pianistas de la historia, primer músico que logró vivir de sus composiciones, introductor del romanticismo, revolucionario de la música y gérmen del desarrollo musical de su siglo y el siguiente, son algunas cosas más que podríamos decir. Y si nos pusiéramos sesudos podríamos agrandar y agrandar el tema, con suficientes tecnicismos como para que no nos cupiera duda de que es merecedor de su puesto en el Olimpo por derecho propio. Pero como una vez, siendo un repelente infante de 13 años, me puse a discutir con la profesora que nos enseñaba Historia de la Música en mi colegio de los Maristas, estaba equivocada al pensar que "la persona" daba igual, que lo que realmente importaba era su música. Todo lo contrario, la persona es lo importante y sin ella no podemos entender su arte. Permitidme que me imagine tres momentos de la vida del compositor.

partitura Beethoven


Viena, en algún momento de la primera década del s.XIX.

Ludwig Van Beethoven es un personaje famosísimo de la Viena de 1800. La ciudad, orgullosa merecidamente de su portentoso legado artístico, alaba a su más querido y exitoso compositor. En los mentideros se habla de su carácter irascible y su temperamento insoportable, de su desprecio a la autoridad, protocolo y etiqueta, y se murmuran anécdotas de los desaires con que el formidable Beethoven paga a sus nobles protectores. Pero cuando su música suena, las bocas, pese a seguir abiertas, dejan de proferir sonidos, los pulsos se aceleran, los párpados se cierran de deleite. Ningún vienés que se precie deja de sentirse abrumado por la belleza de sus composiciones. Beethoven llega a todos, al noble, al comerciante, al soldado, al obrero. No es un compositor alabado por la aristocracia e incomprendido por la plebe. Su música es más universal, más potente que las barreras entre las distintas clases. Toda Viena está a sus pies.

Pero la realidad que el músico vive es bien distinta. Sufre constantes dolores y problemas de salud, al parecer provocados por el saturnismo que padece, su envenenamiento constante y progresivo por plomo en el agua que bebe. Pero más allá de todos sus padecimientos, Beethoven tiene miedo: se está quedando sordo. Cada vez oye peor los sonidos naturales, y sin embargo sufre consantes ruidos en su cabeza a causa de su tinnitus. Sabe que nadie en Viena ni en el mundo entero contrataría a un compositor que carece del sentido natural de su arte, así que vive atemorizado de que la gente se dé cuenta de que no puede oírles.

Progresivamente va desapareciendo de la escena social, y aprovecha su fama (probablemente retroalimentada por su sufrimiento) de intratable para evitar ser descubierto por importunos. Prohíbe a sus mecenas que asistan a sus ensayos, y tan sólo les permite ocupar las habitaciones contiguas para escucharle, ya que no puede consentir que le vean tocando con la varilla de metal que sostiene entre los dientes y que apoya en la madera de su piano para sentir las vibraciones de las notas. Entre tanto dolor y sufrimiento, miedo y vergüenza, sólo los largos paseos por los bosques calman su alma. Ni sus amigos ni sus seres más queridos pueden consolarle en su íntima desesperación. Sólo sus cuadernos -donde escribe sin cesar sus sentimientos y aflicciones-, y los pentagramas pueden vaciar de penas su ser. Piensa en el suicidio, pero no lo lleva a cabo. Sabe que, sordo o no, aún hay mucha música dentro de él. Aún tiene mucho arte que crear, mucha belleza que plasmar. Ni en el amor tuvo suerte, pues el infortunio siempre le acompañó. Es en esta época cuando Beethoven compuso muchas de sus piezas más hermosas, demostrando que las experiencias vitales, felices o crueles, siempre aportan una energía que puede ser transformada en creación, en este caso de alguna de la música más bella que jamás se ha oído.





Bonn, finales de la década de 1770.

La escalera cruje con los pesados y torpes pasos. Johann Van Beethoven, padre del futuro compositor, vuelve, una vez más, borracho a casa. Entra en la habitación de su hijo, y con crueldad e impaciencia, saca a la criatura de la cama y la lleva a rastras, en su camisón de noche, afuera de la casa, a la fría noche, donde le obliga a estar, a pesar de las bajas temperaturas, durante un buen rato, sin permitirle su entrada al calor del hogar. El niño aún no ha cumplido 10 años, y a su padre se le está haciendo tarde para convertirle en un pequeño prodigio, como Mozart, así que intensifica su adiestramiento. Le tiene fuera para que se le hielen las manos, y cuando lo logra, le hace entrar y le obliga a que practique en su pianoforte, para que sus dedos cojan agilidad que le permita convertirse en un virtuoso. En otras ocasiones viene con amigos y también le saca de la cama para que toque para ellos y ganarse su admiración como formador de su hijo. La madre, enferma y débil no puede proteger al infante de la obsesión de su marido. El pequeño, obligado a todas horas a practicar, apenas puede descansar, con lo que su rendimiento escolar se desploma. Cada vez es menos necesario que atienda a la escuela. El padre está dispuesto a convertirle en un segundo Amadeus, y sólo al llegar al techo de sus propias capacidades musicales accederá a imponerle nuevos maestros que le formen musicalmente.

Probablemento esto explica la futura antipatía del compositor hacia toda figura de autoridad, pero más allá de eso es imposible separar el virtuosismo del futuro compositor -y la gravedad y tristeza que siempre le acompañarán y que posteriormente marcarán su música-, de lo que hubiera sido si su padre no le hubiera torturado de esa manera, creando a base de sufrimiento y tormento el carácter del que, posiblemente, haya sido el mejor compositor de la historia. Y a pesar de ello... en la mente del muchacho, del hombre y del anciano, sólo existió el deseo de hacer cosas hermosas. ¡Cuánto bien nos haríamos si aprendiéramos más de su ejemplo!

Ludwig Van Beethoven


Viena, 7 de Mayo de 1824.

El Kärntnertortheater, el teatro de la Corte Imperial se encuentra abarrotado. Esta noche el Maestro Beethoven estrena su última sinfonía, la 9ª. Han pasado diez años desde que se estrenó su octava, y doce desde su última aparición en público. Nadie quiere perderse la que todos piensan que será su última gran composición y su última presencia a la vista de todos. No se equivocan; los tres años siguientes hasta su muerte los pasó recluido. Aunque hay un director oficial, éste se limitó a dirigir la obertura y las partes de la Misa Solemnis previas al inicio de la sinfonía. El maestro dirigió su última pieza orquestal. Su sordera sólo le permite percibir muy levemente los metales, así que los recoloca delante para intentar sentir el ritmo de la interpretación.

Beethoven sólo tenía 54 años, pero estaba muy envejecido. Sus problemas de salud le habían doblegado, pero aún no sometido. Todavía poseía su genio y su fuerza de ánimo. A pesar de que tenía un círculo de amigos fieles, se sentía terriblemente solo, abandonado, desgraciado. La muerte de algunos de sus benefactores le tenían sumido en serios problemas económicos y el intento de suicido de su sobrino Karl le había afectado gravemente. Pero por encima de todo, estaba el silencio. Sólo entre tanto silencio se permitía soñar con las notas que componía, pero que no oía. Aislado de los demás a su alrededor, comunicándose con ellos a través de sus cuadernos y pizarras de cera, aún seguía creyendo en lo hermoso de la vida, de la naturaleza, del ser humano, del Arte. En su cuerpo envenenado y doloroso todavía se podía encontrar la energía para componer la pieza más hermosa, más elevada, más divina que aún había por escucharse.

Pero en su cabeza esa música ya existía, y así debió empezar a seguirla cuando marcó la anacrusa que dio el inicio a la interpretación.

Kärntnertortheater



La 9ª sinfonía no era una sinfonía normal. Y no sólo por su parte vocal innovadora en su género. Es una pieza enorme, descomunal, titánica. El primer movimiento empieza como vienen las tormentas, anunciándose inexorables y sometiéndonos a su poder. Con una fuerza y un volumen únicos, brutales para la época, imagino el impacto en el público asistente por primera vez a este acontecimiento, sacudidos por puro genio y nervio. Cuando el primer movimiento cesa, aún antes de poder el público recuperarse, empieza el "infierno en llamas", el scherzo que conforma el segundo. Potente y veloz crece y nos zarandea antes de llegar a los hermosos pasajes, de infinita belleza, del adagio del tercer movimiento. Por fin, cuando ya hemos superado con creces a las más largas sinfonías de la época, finalizamos en el cuarto y último movimiento, el que hará que olvidemos la suprema belleza de los tres anteriores. Allí somos espectadores de toda la grandeza y el genio de los que el hombre es capaz. ¡Cómo entra, tras la larga introducción, el bajo, prácticamente solo y sin instrumentos que le acompañen, cantando con la melodía que nos ha ido presentando, las hermosas palabras de Schiller !:

¡Oh amigos, cesad esos ásperos cantos!
Entonemos otros más agradables y
llenos de alegría.
¡Alegría, alegría!

El coro le responde, los otros solistas se le unen y tras la marcha del tenor, la orquesta nos lleva por parajes distintos, subidas, bajadas, carreras, lagunas de paz... y finalmente, todos en unión, alabando al espíritu de fraternidad universal, elvándonos hasta el mismo cielo, haciéndonos latir nuestros corazones al ritmo de esa música única e inolvidable. A partir de ahí, el coro no respira, la orquesta no descansa en el doble contrapunto, llevándonos hasta el glorioso final que marcó un antes y un después de todo lo que se conocía en la música y en el Arte.

Dicen que el público tardó un rato en empezar a apludir, tan anonadados que estaban. Pero cuando lo hicieron, lo hicieron con repentina furia, levantándose el teatro entero y casi hundiéndolo con su ovación. Mas nada de eso se oyó en la mente de Beethoven, en la que ya sólo reinaba, una vez más, el silencio más absoluto. Dicen también que de los ojos del Maestro surgieron lágrimas de tristeza pues creyó que no había gustado su obra, dado que antes el director no saludaba, y que un músico se levantó y le giró cara a la platea, donde vio al teatro entero adorándole con todo su alma. Imaginaos la visión, en silencio, que el hombre debió de contemplar. Y desde entonces los directores, al acabar, se dan la vuelta y saludan a su público. Comprenderéis que haya querido tomar esta anécdota como cierta.




Así que creedme amigos: cuando creáis que no podemos caer más bajo... recordad que tuvimos a Beethoven.

Igor Yglesias-Palomar

Beethoven signature


Por si a alguno os interesa, ésta es una miniserie de 3 capítulos sobre la vida de Ludwig Van Beethoven. Con muchas cosas positivas y algunas que no me gustan tanto, sirve, en cualquier caso, para al que le interese adentrarse un poco en la biografía de tan increíble personaje tener una idea general, y siempre para disfrutar y entender un poco más su música. Aquí el primer episodio en inglés, los siguientes están con subtítulos en español.





Esto, sin embargo, es un largometraje, también producida por la BBC, en torno al supuesto primer ensayo de la sinfonía nº 3 "Heroica". Demuestra dos cosas, qué gran país es Inglaterra, por calzarse una dramatización de hora y media para justificar que la gente oiga la sinfonía entera, y que cuanto más se entiende la música, inevitablemente más se disfruta. Ninguno de los dos beethovens me convence, y en ambos veo cosas positivas. No obstante os recomiendo muchísimo verla:



Un saludo a todos. 

6 comentarios:

  1. Es verdad que vivimos demasiado pendientes de lo que piensan y hacen los demás (y en el peor de los casos de intentar cambiar a los demás) y ese mundo interior de Beethoven alimentado por su desafortunada sordera y que con tanta sensibilidad describes sirve como antítesis del ideal de sociedad actual. Actual y pasada supongo, probablemente siempre ha sido así, pero máxime en estos tiempos en que parece que si no tienes twitter y whatsapp es que eres un desgraciado. Y todo por la obsesión de perseguir ese ideal absurdo que llamamos felicidad y ni sabemos lo que es (aunque la mayoría lo describimos como “que te toque una buena lotería”), cuando todo lo que este mundo nos puede ofrecer es la satisfacción de vivir a gusto en nuestra piel y poder levantar con cierto orgullo la cabeza al recordar nuestros actos. Todo lo que se aparte de eso es lo que nos hará desgraciados, y a lo que digan los demás haced oídos sordos, como haría el gran Beethoven.

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    1. También es cierto que es más fácil sentirte orgulloso de tus actos cuando eres Beethoven que cuando eres Aberasturi... Y no te digo el portero de mi casa... :D

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  2. Realmente es uno de los mejores post que he leído, no solo por lo que inspira la persona de Beethoven y su música, sino por cómo confrontas las diferentes naturalezas que caracterizan a la Humanidad.

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    1. Querido Jhon, muchas gracias por tu amable comentario y por leernos. Es reconfortante saber que, por mal que vayan las cosas, siempre podemos ponernos unos auriculares y escuchar a este genio. Se vive mejor gracias a él. ¡Un abrazo!

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  3. Es inmenso el legado que nos ha dejado Beethoven. Todo un genio y un luchador lleno de fuerza y pasión.

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