por Igor Yglesias-Palomar.
La historia comienza en el Madrid del año 1990. Tenía entonces quince primaveras, y me encontraba cursando tercero de bachillerato en el chamberilero Instituto Fortuny, sito en la calle homónima. En aquel momento estaba plenamente inmerso en mi adolescencia, que no fue nada fácil, como la de cualquier hijo de vecino. Yo era un chaval con cierto sobrepeso, lo que se dice una esferilla, vamos, y me encontraba sumamente acomplejado. Y no sin razón. La infancia y primera adolescencia habían sido un infierno pues no era, lo que se dice, muy popular. Ya sabemos lo cabroncetes que son los chavales, especialmente con alguien que, desde niño, estaba mucho más interesado en sus libros y sus dibujos que en los partidos de fútbol que se jugaban en el patio. Fui un enano calmado, nada travieso ni buscabroncas, aunque a menudo éstas llegaban solas a mí. Era feliz en mi mundo interior, leyendo y dibujando sin parar, interesado en cosas muy poco propias de los niños. Me gustaba la poesía, la parapsicología -sí, sí-, la música clásica... Me sabía los instrumentos de tortura de la inquisición, me había leído la divina comedia con diez años... en resumidas cuentas, un tarado completo. Venía de un entorno familiar peculiar y eso se había mezclado con mis propias particularidades. En fin, que ahí estaba yo, enamorado como el colegial que era de una compañera de clase de nombre M... (un nombre que se ha repetido, curiosamente, en algunos de los momentos fundamentales de mi existencia), sufriendo sus silencios e indiferencia, escribiéndole poemas encendidísimos que no llevaban a ningún lado... Vamos, poco más o menos que lo que me sigue pasando veintitantos años más tarde. Es increíble ver lo poco que cambian las cosas.
